EDITORIAL SEPTIEMBRE 2011

Parece que muchas personas tienen la mala costumbre de comenzar a disfrutar de las cosas cuando éstas se van acabando. Al menos eso me decía un amigo el otro día. “Cuando le pillas el tranquillo al ritmo de las vacaciones, entonces tienes que volver al trabajo”, comentaba jocosamente mi amigo.

Septiembre, podría decirse, es el mes del “retorno”. Retornamos a nuestras casas, si es que hemos estado fuera, a los trabajos, aquellos que todavía tienen la suerte de tenerlos, a los horarios marcados frente al descontrol veraniego, etc.

Los estudiantes retornan a sus clases, lo cual conlleva como es bien sabido, un gasto extra para los ya de por sí flacos bolsillos familiares. “La cuesta de septiembre”, lo llaman ahora.

Recuerdo aquellos años en los que sólo se hablaba de una cuesta, la “cuesta de enero”. Ahora, entre pitos y flautas, el año entero está lleno de cuestas, de tal modo que cada vez se parece más a una de esas típicas etapas ciclistas de montaña, tipo ascensión al Col del Tourmalete, que a otra cosa.

También, dentro de poco, comenzará la época de las famosas campañas publicitarias que bien debieran llamarse campañas de “caza al consumidor”.  Las compañías de telefonía móvil, siempre tan atentas a nuestros intereses, intensifican su trabajo llamándote a casa a horas muchas veces poco convenientes, por decirlo de una manera sutil, para ofrecer sus siempre maravillosas ofertas y contraofertas.

También en estos meses se lanzan al mercado las siempre estupendas colecciones de todo tipo, esas que nunca se acaban, sobre temas tan interesantes, imprescindibles y atrayentes como los “Dedales de colección”, “Miniteteras de época”  o “Reproducciones de trajes del siglo XVII”, toda una irresistible tentación para cualquier coleccionista que se precie.

Otros, como cada año por estas fechas, aprovecharán, como no,  cualquier oportunidad para vendernos salud mediante unos mágicos e inexcusables tratamientos que van desde los milagrosos productos quemagrasas, hasta los estupendos reguladores de colon o los siempre útiles reconstituyentes para afrontar el gran esfuerzo de cada día, pasando por la maravillosa vacuna contra la gripe y el “consulte a su médico” ante cualquier signo sospechoso de “depresión postvacacional”. De tal manera que, según parece, nos queda poco resquicio para no estar enfermos de algo. Como se dice por aquí, de un modo u otro siempre te pilla el toro.

Si añadimos que, además, nuestros políticos vuelven al tajo (iba a decir trabajo, pero no me he atrevido), pues el panorama es como para echarse a temblar. Obviamente, pudiera parecer que la respuesta psicológica más congruente a este cuadro que se nos presenta fuese la depresión, ¿no?

Pues no. No se saldrán con la suya. No me pienso deprimir por volver a trabajar, sino que por el contrario me alegro mucho de tener trabajo en un momento como el que estamos atravesando, y deseo con fuerza que otros, los que no lo tienen, puedan volver a recuperarlo.

Tampoco voy a comprar ninguna de  las tentadoras colecciones, esas que nos anuncian como imprescindibles para la vida.

Ni siquiera me voy a vacunar contra la gripe, nunca lo hago, ya me protegeré de ella por otros medios más sanos, más naturales y más seguros.

No voy a hacerles caso a los voceros del miedo ni a los “buenos samaritanos” que presentando sus intenciones como buenas, al final, lo único que pretenden es venderme algo para tener, según ellos, una vida más segura y con menos riesgos.

Tampoco pienso hacer muchas de las diferentes cosas que sutilmente nos proponen quienes desde las sombras manejan los hilos del sistema. Y no será por aquello de llevar la contraria, no, sino por defender mi propia dignidad, mi propia salud y la de aquellos que me rodean.

Así que, señores, déjenme correr mis propios riesgos, no me protejan tanto ni velen tanto por mi bienestar que ya cuido yo de él, porque pienso disfrutar de la vida con sus buenos y no tan buenos momentos.

Quiero, también, regocijarme por todo aquello que este tiempo me aporte, asumiendo todo aquel riesgo que implica vivir y sentirse vivo.

Por eso, acogeré las dificultades que la vida me traiga y las aceptaré como un reto que me ayuda a aprender cada día más y a ser mejor persona.

Me propongo vivir con ilusión los cambios, así como ayudar a otros a que ellos mismos lo descubran en sus vidas; y a tener presente que, como dice un refrán ruso, “caerse es posible, pero levantarse es obligatorio”.

Es por todo ello que les digo a esos “pájaros de malagüero” que, como cada año cuando llega el otoño, quieren anidar sobre nuestras cabezas, que no les voy a dejar que construyan sus nidos, al menos en la mía, y que en la medida de mis modestas posibilidades, ayudaré para que tampoco lo hagan en las cabezas de otros.

Así que aprovechando que el otoño que comenzará este mes es tiempo para la reflexión, la introspección y la calma, busquemos una oportunidad  para mirar hacia nuestro mundo interior, para descubrir en él la fuente de toda nuestra fortaleza, un manantial de luz y de poder que nos hace seres más vivos, felices, autónomos y, en definitiva, más humanos.

Feliz septiembre

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