Profundidad y altura en el ser humano

                                                                                                           “Y al final de nuestra búsqueda  llegaremos donde empezamos, y por primera                                                                                                                vez conoceremos el lugar”. T.S. Elliot

Cuando nos referimos a los procesos de crecimiento y desarrollo humanos, con mucha frecuencia, recurrimos a utilizar metáforas espaciales para explicarlos. Sabemos que una metáfora es utilizar una cosa por otra, como, por ejemplo, decir “labios de rubí” en lugar de “labios rojos”.

Al describir los procesos mentales y aquellos que están relacionados con el crecimiento y desarrollo del ser humano, frecuentemente usamos metáforas espaciales, las cuales nos indican no sólo la orientación, sino también el tipo de proceso al que estamos haciendo referencia. No es extraño, pues, que hablemos de “las dimensiones” de la mente, de la “profundidad”, de la “altura”, del proceso de “interiorización, etc.

En sentido estricto las descripciones anteriores no son reales, ya que la mente es adimensional, es decir, no tiene dimensiones espacialmente hablando. Sin embargo, como metáfora, dichas descripciones nos ayudan a entender mejor estos aspectos y pueden ser verdaderamente útiles.

Es frecuente que el desarrollo humano se plantee como un proceso que tiene que ver con “profundizar” en nosotros mismos, aunque también, en otros casos utilizamos el término de “expandir” la consciencia.

A pesar de lo que pudiera parecer, dichos conceptos no son antagónicos, sino que más bien son complementarios, porque tienen la capacidad de hacer enfocar la atención hacia diferentes modos de procesar información pero persiguen una finalidad común, la autorrealización.

La metáfora de profundidad hace referencia a la posibilidad de llegar a las partes más hondas del ser. Tiene conexiones con lo no consciente, con el  mundo subterráneo, con la sombra, con lo reprimido, etc. Básicamente, desarrollarnos en profundidad viene a ser algo así como llegar a la raíz, a nuestras zonas más recónditas. Y esto nos ayudará en nuestro proceso de desarrollo personal.

Sin embargo, hay que señalar que, si sólo progresamos en profundidad, correremos el riesgo de olvidar hacerlo hacia otras dimensiones del Ser. Es decir, además de profundizar (crecer hacia abajo) habría que “ascender” (crecer hacia arriba).

Es por eso que resulta especialmente útil plantearse la dimensión de la “altura del ser humano”, ya que hace referencia a procesos de crecimiento y elevación hacia planos superiores de consciencia.

Otro aspecto interesante de estas metáforas espaciales se refiere a la “interiorización”, lo cual significa pasar de fuera a dentro, de lo exterior a lo interior, de lo periférico a lo más íntimo de nosotros mismos.

Pero este proceso de interiorización no puede transcurrir ajeno a otro proceso, el de “expansión”, mediante el cual, a la vez que interiorizo, expando mi consciencia hacia límites más allá de lo habitual y cotidiano. Es por tanto una dinámica comparable a la sístole y diástole cardiaca, (interiorización – expansión).

Así que, visto globalmente, podríamos decir que nuestro crecimiento ha de ser multidimensional, ya que habrá de incluir arriba-abajo, dentro-fuera así como la dialéctica en la relación entre el sí mismo y los demás.

Tal vez por eso, cuando crecemos multidimensionalmente abrimos la puerta del profundo misterio del ser humano que nos hace trascender nuestros límites aparentes. Ampliar dichos límites es, sin duda, el proceso necesario para acceder a la sabiduría, para descubrir que no estamos limitados en esencia, sino en la concepción que cada uno de nosotros tiene de sí mismo.

Y podremos darnos cuenta de que, tanto en profundidad como en altura, cuando la consciencia reflexiona sobre sí misma, cuando se produce un insight, ampliamos nuestros propios límites individuales trascendiendo lo meramente personal (recordemos que “persona” significa “máscara”) para adentrarnos en la dimensión Transpersonal del Ser (más allá de la máscara).

Llegados a la experiencia de que cuerpo y consciencia corresponden no a dos cosas separadas sino a los aspectos cuánticos de una misma realidad y que, ambos, están conectados y regidos por la propia energía del ser humano, no podemos sino traspasar las fronteras de nuestras limitaciones cotidianas para introducirnos en la senda evolutiva del progreso y desarrollo humano.

Cuando una persona se encuentra en este estadio, no por la mera lectura de un libro o unos apuntes, sino cuando llega a él desde la vivencia integrada y plena, se puede decir que ha despertado al desarrollo espiritual. Desde este punto de vista, existe, en lo que se refiere a los niveles elevados y profundos del ser, un momento en el que de lo puramente psicológico se pasa, sin solución de continuidad, a lo espiritual.

Y lo realmente fascinante de este tema es que desde el principio de los tiempos y hasta nuestros días, han existido seres humanos que afirman haber recorrido este camino. Y además enseñan que se puede aprender y, por si fuera poco, han dejado métodos por escrito.

Lo anterior es una buena noticia, pero no hemos de olvidar que una de las características que no deja lugar a dudas de que uno se encuentra en ese nivel de desarrollo transpersonal, es que dicha vivencia trascendente de la realidad ha de transformar al sujeto. La transformación positiva de cada persona en un individuo más autónomo, libre y feliz, irradiando dichas cualidades a su ambiente, son las pruebas feaciente que deberíamos tomar como testigos ciertos de que el proceso se ha realizado.

Cosas bonitas puede decir cualquiera, pero transformarse positivamente como ser humano y, al mismo tiempo, mejorar el mundo que nos rodea, sólo puede llevarse a cabo desde la autenticidad del desarrollo interior.

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