Editorial diciembre 2011

Un poco tarde escribo el editorial de este mes. Normalmente lo publico durante los primeros días, pero esta vez he estado de viaje y no me ha sido posible hacerlo antes. Pido disculpas por este retraso.

Sin embargo, por otro lado, no ha estado mal que sea así, ya que el anteriormente mencionado viaje me ha permitido adquirir nuevas experiencias que seguro se irán plasmando en el momento oportuno.

En estos días que estábamos fuera disfrutando de temperaturas propias del verano, los amigos comentábamos “cuando volvamos a España nos encontraremos todo puesto de Navidad y pasaremos en pocas horas del calor de aquí al frío del invierno”. Y es que los viajes en avión tienen la capacidad de cambiarnos en  muy pocas horas no sólo de país o de continente sino también de condiciones climáticas totalmente contrapuestas.

Al volver a retomar la rutina del día a día, me ha resultado curioso observar en estas fechas como si hubiese menos ambiente navideño que otros años. Es una impresión personal y quizás no demasiado exacta. Sin embargo me ha parecido como si hubiese menos alegría, menos deseos de celebración, más gente a las que parece que les molestan estas festividades o algo similar.

La explicación más a mano sería achacar lo anterior a la crisis. Al haber menos dinero y más dificultades económicas darían lugar a que se compraran menos cosas y podría justificar también que hubiese menos ambiente en las calles y los comercios. Pero no me refiero a eso, mi percepción va más bien a nivel personal, al modo en el que las personas vamos viviendo cada año esta festividad.

Observo en algunas personas como si no fuese “políticamente correcto” felicitar las navidades, ya que esto es un signo cristiano y nosotros somos un estado laico. Parece que es mejor felicitar el año nuevo o quizás el solsticio de invierno o cosas así. Para cierto tipo de pensamiento, la Navidad, es sinónimo de curas, iglesia, personas conservadoras y carcas, ya que lo moderno y “chupiguay” son las constelaciones planetarias o el tránsito hacia el nuevo año y nada de chorradas religiosas y trasnochadas, de pastores y de belenes.

Como cada cual es libre de pensar lo que quiera y expresar sus opiniones, siempre que se hagan con el mínimo respeto, expresaré la mía.

En diversas ocasiones y por distintos medios he venido expresando mi idea al respecto. Pienso que la Navidad representa un fenómeno cósmico y simbólico que trasciende los localismos de algunos y las ideas sectarias de otros muchos.

La Navidad como símbolo universal más allá de cualquier adaptación cultural viene a representar el misterio del amor universal que se hace carne para habitar entre nosotros y para dar lugar al nacimiento del nuevo ser humano. Un nacimiento que cada persona está invitada a realizar en el interior de sus corazones para acoger al “sol que viene de lo alto” y que nos permite pasar de las tinieblas a la luz. No hace falta ser católico para desear que la luz, la paz y el amor habiten en nuestros corazones. Este es el espíritu de la Navidad, preparar un espacio de acogida para que pueda nacer en nosotros ese amor y esa luz.

En nuestra tradición cultural se ha expresado con una bella simbología cargada de profundo significado a través del nacimiento del Niño Jesús. Cada uno de los diferentes elementos de un portal de Belén encierran un hondo significado a nivel psicológico y transpersonal, pero para ello hemos de tener ciertas claves que nos permitan entender dichos símbolos.

Cualquier festividad que en un mundo como el nuestro proponga la paz, la fraternidad y el amor, debiera gozar de la más amplia aceptación y el más extenso de los consensos, porque de cara a la convivencia humana ¿existen valores más altos que los propuestos por la Navidad?

Una de las tareas de cualquier ser humano es la de ser fecundos. Habremos de buscar el dónde y el cómo. Tal vez nos demoremos en el cuándo, pero lo importante es ser fecundos. Y pienso que no existe una mayor fecundidad que la de aquellos actos que surgen de un corazón pacífico y amoroso.

Por otro lado me gustaría comentar que es frecuente que cualquier persona de cierta edad haya sufrido pérdidas de seres queridos, de amigos que ya no estarán, de tiempos y situaciones que se fueron para no volver más. Algunas de estas personas sienten que la Navidad son unas fechas tristes, nostálgicas, de recuerdos, de ausencias.

Pienso que si dejamos que dichas experiencias de pérdida sean las que rijan nuestra vida será como si nos apuntásemos a un club para sufrir más de lo necesario. Por eso es conveniente integrar las pérdidas como parte del proceso de la vida y abrirse a vivir lo nuevo, el instante, lo inesperado, iluminados por la esperanza que nos propone el espíritu de la Navidad: “en la más profunda oscuridad de una noche cerrada, nace un niño débil y humilde, semilla de amor, para alegrar nuestros corazones y guiar nuestros pasos por el sendero de la paz”.

¡Ojalá que todos los seres, próximos y lejanos, podamos vivir nutridos por este espíritu!

Feliz diciembre, Feliz Navidad

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