Sofrodynamia® y autocontrol

¿Quién no ha sufrido en sus propias carnes, por parte de otra persona, alguna explosión colérica desproporcionada o fuera de tono en relación a algún asunto nimio o trivial. Y quién de nosotros podría afirmar que jamás en su vida ha sido el protagonista de algo como lo anterior?. Ciertamente, con mayor o menor frecuencia hemos experimentado lo que es perder el control, unas veces como sujeto pasivo y otras como protagonistas. Y, en general, no nos suele gustar dicha experiencia.

La pérdida de control, cuando adquiere ciertas proporciones, se asemeja a una erupción volcánica, brusca y violenta que se lleva por delante todo aquello que encuentra a su paso. Es como si algo dentro de nosotros cobrase vida propia y actuara de forma autónoma sin regirse por los dictados de la voluntad.

Cuando nos descontrolamos en cualquier situación perdemos la capacidad de establecer conductas apropiadas, por lo que nuestros actos pueden resultar ridículos, grotescos o desproporcionados. Nuestras  palabras salen como un torrente desbordado y a veces decimos lo que deberíamos haber callado, o cargamos nuestra ira sobre quienes menos culpa tienen.

La vivencia del descontrol nos lleva a que nuestras emociones y pensamientos se  mezclen y atropellen, y acabamos no sabiendo muy bien qué pensamos o qué sentimos y mucho menos cómo hemos llegado hasta allí.

En resumen, cuando perdemos el control en cualquier situación de nuestra vida tenemos la impresión de que nos hemos pasado o de que hemos metido la pata.

Me estoy refiriendo, claro está, a situaciones puntuales en las que parece que algo rebosa incontroladamente, como cuando se deja un cacillo de leche sobre el fuego durante más tiempo del que debiera.

Pero existe otra forma de pérdida de control menos explosiva y a más largo plazo que la que he descrito anteriormente. Me refiero a la pérdida de control de nuestra vida de forma global. Como cuando nos sentimos como una especie de veleta que gira en función de por donde soplen las circunstancias, de tal manera que parece que nuestra felicidad depende de circunstancias o personas que están fuera de nuestro control.

En ese caso puede que realmente no tengamos el control global de nuestra vida en términos de que ésta transcurre por otros derroteros diferentes de los que realmente deseamos. Es como haber perdido las riendas de la propia existencia. O tal vez como si navegásemos sin brújula y sin rumbo fijo, dirigiéndonos en cada momento hacia un destino que no es el deseado.

En mi opinión esta forma de pérdida de control es más grave que la primera, aunque seguramente también menos evidente y menos llamativa, incluso hasta para quien lo padece. Por esas mismas razones es posible que pase más desapercibida y que, por tanto, resulte más complicado establecer las modificaciones y ajustes necesarios para su corrección.

Cuando perdemos el control de manera brusca y explosiva podemos  cometer errores, enturbiar relaciones, desperdiciar oportunidades o incluso perder amistades. Pero en el caso de la pérdida global de control de la existencia lo que perdemos es la vida misma.

Estas dos formas de merma del control no son excluyentes y algunas personas sufren los dos aspectos de la misma.

Afortunadamente la moría suelen sentirse incómodos cuando se descontrolan, y desde esa incomodidad surge el deseo de hacer algo, de actuar al respecto. Son muchos a los que les gustaría ser capaces de controlar mejor sus vidas y mejorar su capacidad de autocontrol, sólo que no saben muy bien como hacerlo.

Tenemos esa inquietud de mejorar y cambiar porque tenemos la creencia de que si aprendemos a gestionar mejor la capacidad de autocontrol, seremos más capaces de adaptarnos mejor a las circunstancias vitales de nuestro ambiente, evitaremos también muchas de las meteduras de pata que suceden cuando nos descontrolamos y, en definitiva, armonizaremos la vida un poco más.

La palabra control en castellano posee diferentes acepciones. Unas veces tiene el sentido de vigilar o inspeccionar, como por ejemplo en los controles de aduanas, controles sanitarios, etc. Otras veces indica sensación de dominio o poder sobre algo, como controlar los mandos de un vehículo, o el modo en el que algo sucede, por ejemplo.

Pero en el contexto en el que nos estamos desenvolviendo, la palabra control adquiere un matiz determinado y específico. Viene a significar una forma de regulación voluntaria del modo en el que nos comportamos, sentimos o pensamos y, en un nivel más amplio, indica la capacidad de dirigir nuestra vida hacia aquellas metas que deseamos.

El prefijo auto hace referencia a que es uno mismo quien realiza la acción. Por consiguiente, cuando hablo de autocontrol me estoy refiriendo a la “capacidad de la conciencia humana para establecer aquellos ajustes voluntariamente elegidos en orden a llevar a cabo conductas adecuadas y obtener un mejor equilibrio emocional y en nuestras relaciones”.

El hecho de que el autocontrol sea una capacidad de la conciencia permite ser entrenada y desarrollada, de la misma forma que podemos desarrollar la memoria o enriquecer nuestro lenguaje.

Cuando mejoramos el autocontrol nos damos cuenta de que acrecentamos la posibilidad de realizar conductas más eficientes y eficaces. Es decir, establecemos respuestas más adaptativas en relación al ambiente en el que nos desenvolvemos. Normalmente todo ello vendrá acompañado de una mejor comunicación y un incremento de la capacidad para comprender mejor al otro y sus circunstancias, con lo cual la comunicación empática se verá mejorada y reforzada.

Obviamente, cuando sabemos controlarnos mejor el ambiente en el que vivimos se armoniza. Podría decirse que se pacifica un poco más, y como consecuencia de todo lo anterior nuestra autoestima también mejora.

Aprender a gestionar la capacidad de autocontrol es un modo de disminuir parte de nuestras desazones y angustias.

Pero ya sabemos que no basta con decirle a alguien que hemos encontrado un lugar maravilloso y que en él existe un tesoro. Si realmente queremos ayudarle tendremos que entregarle el mapa en el que se indica cómo llegar hasta allí.

El mapa al que hago referencia simboliza el camino que cada persona ha de seguir, es decir el método eficaz que una vez conocido y puesto en práctica nos lleva al lugar deseado, en este caso a un mejor autocontrol.

Para que el mapa o el método, según se quiera denominar, sea fiable y seguro ha de tener una serie de características.

Debe poseer una base psicobiológica suficientemente fundamentada. O dicho de otro modo, ha de tener en cuenta aquello que realmente somos desde el punto de vista biológico así como las reglas que siguen nuestros procesos psicológicos. Cualquier metodología que no tenga en cuenta estos aspectos se encontrará fuera de la realidad.

Por otro lado. Ha de ser un método integral, es decir, que  además de lo anterior contemple también la dimensión relacional y social del ser humano así como sus aspectos energéticos.

Además es muy importante que la secuencia didáctica mediante la cual se realiza el proceso de aprendizaje posea los elementos necesarios como para que cualquier persona, independientemente de cual sea su punto de partida, pueda ser capaz de aprender y mejorar.

Y por último no debemos olvidar que todo proceso de aprendizaje que sea largo y requiera un esfuerzo mantenido es conveniente, asimismo, que sea divertido. Si el sujeto se divierte al tiempo que aprende tenemos más posibilidades que mantenga su esfuerzo a lo largo del tiempo y no abandone  precozmente.

Pero además de un buen método con todas las características que anteriormente he citado, necesitamos que cada persona que quiera aprender a gestionar mejor su capacidad de autocontrol renuncie y elimine una serie de  pensamientos y creencias que suelen ser perjudiciales. Estas creencias son dañinas porque impiden a aquellos que las tienen que se pongan manos a la obra.

Habremos de evitar pensar cosas como que “eso es muy difícil” , o que “a mi edad es complicado cambiar”. No nos interesa si es difícil o es fácil sino si nos merece la pena o no. Sabemos que cuando nos parece suficientemente valioso entonces somos capaces de salvar grandes obstáculos. En esos casos parece que no existirá nada que nos detenga, y nuestra voluntad se torna poderosa.

Por eso, cuando realmente queremos conseguir algo con la misma determinación con la que una persona con la cabeza bajo el agua tiene la exigencia de respirar aire fresco, entonces no habrá dificultad alguna que nos frene.

Otro de los pensamientos que suelen interferir a la hora de decidirse a cambiar y a mejorar es pensar que “con la edad que tengo es muy difícil realizar cambios”. Creerse que somos tan viejos que ya no podemos aprender  nada es simplemente un error y una falsedad. Una de las preciosas maravillas de todo ser humano es precisamente su capacidad para seguir aprendiendo. Si nos preguntamos ¿cuál es el techo del  ser humano, cuál es su límite?. ¿Quién tendría una respuesta certera para esa pregunta?.  Tal vez los límites estén en algún lugar, pero da la impresión que se encuentran más lejanos de lo que ni siquiera podamos imaginar.

También hay algunos se desaniman porque piensan que “son muy lentos o torpes” a la hora de establecer ciertos aprendizajes. Y llegan a esta conclusión porque comprueban que otras personas son más rápidos o más hábiles que ellos a la hora de aprender.

Para evitar esta nueva creencia limitante es importante que tengamos claro que no conviene compararse con el ritmo de aprendizaje de nadie. Todos sabemos que cada cual tiene su propia velocidad, unos más rápidos y otros más lentos. Tal vez conviene recordar que en la vida no se trata de llegar el primero a la meta, como esta sociedad altamente competitiva en la que vivimos trata de inculcarnos, sino que lo importante es simplemente llegar. E incluso, en muchos casos, darse cuenta de que el camino recorrido forma parte también de la propia meta.

Por ello no debemos desanimarnos si otros van por delante, como tampoco hemos de sentir una absurda vanidad de contemplar a otros por detrás nuestra. Cada cual debe ser responsable sólo de su propio proceso personal. La competición, por decirlo de alguna forma, es consigo mismo y no con los demás.

Por eso es importante insistir en que no hemos de tener prisa por conseguir resultados. No hay que querer cocinar antes de saber como se manejan los utensilios de cocina y cuales son las propiedades y características de los ingredientes.

Entonces ¿cuáles son los ingredientes en los que participan en el proceso de mejorar nuestro autocontrol? Dichos elementos podemos deducirlos fácilmente.

En primer lugar, la mayoría de las personas tienen interés en controlar sus conductas. Pero la conducta es lo más periférico y externo de sujeto. Es algo observable  desde fuera. Sabemos que las conductas se apoyan en otros componentes del sujeto, por un lado los pensamientos, por otro las emociones.

Dicho de otra forma, el hacer, el pensar y el sentir se encuentran estrechamente conectados.

Hay conductas que son relativamente fáciles de controlar. Todos los días lo estamos haciendo continuamente. No solemos meter las manos en el plato de otra persona aunque tengamos hambre, como tampoco ejecutamos otros muchos impulsos que suelen ser modulados o regulados por la voluntad del sujeto, aplazándolos para otro momento o para realizarlos en otro contexto.

Pero cuando nos introducimos en el mundo de los pensamientos o las emociones, la noción de control se vuelve algo más complicada.

Si, como dije antes, controlar ciertas conductas puede resultar sencillo, no podemos decir lo mismo a propósito de los pensamientos o de las emociones. Eso es así porque no son procesos simples sino que más bien son fenómenos bastante complejos y que se fundamentan en otros elementos.

Si queremos buscar un ingrediente que armonice la conducta ejecutada a través de la corporalidad, los pensamientos y las emociones, descubrimos que  dicho componente es la respiración.

Normalmente sabemos muy poco de ella. Es muy próxima e íntima de cada persona y, sin embargo, no deja de ser una gran desconocida. Si algo se puede decir de ella es que representa una metáfora de nuestra vida. “Dime cómo respiras y te diré como vives”.

La respiración es una potente herramienta de transformación interior, de encuentro con nosotros mismos y el primer factor que debemos considerar a la hora de establecer un programa de aprendizaje para mejorar el autocontrol.

El patrón muscular y visceral, el uso correcto de la atención y la concentración, serán otros de los elementos esenciales en nuestro aprendizaje.

Son muchos y diversos los métodos de entrenamiento mediante los cuales podemos mejorar nuestro autocontrol.

El primero que mencionaría no puede ser otro que el conocimiento y adiestramiento de la respiración. Considero que es el fundamento sobre el cual se apoyan los demás.

Entre otros métodos cabe mencionar aquellos que priorizan la relajación (como el Entrenamiento Autógeno de Schultz, o la Técnica de Jacobson entre otros).

También serán de gran utilidad todas aquellas disciplinas orientales como el Yoga, Qi Gong, Tai Chi, etc. Un buen practicante de dichas disciplinas, con tiempo y dedicación, llegará a mejorar notablemente su autocontrol.

Igualmente, los diferentes enfoques y escuelas de meditación aportan un valioso conocimiento que a través de la práctica permite que el alumno desarrolle progresivamente un mejor autocontrol. Sirvan como ejemplo de las múltiples opciones con las que contamos la Meditación Vipassana, el Zen, la Meditación Trascendental, entre otras.

Existen, además, un sin fin de disciplinas de las que podemos obtener el beneficio de un mejor autocontrol. Como por ejemplo las técnicas Cuerpo- Consciencia, El Método Alexander, el Método Feldenkrais, la Sofrodynamia®, etc.

La Sofrodynamia®, entendida como un entrenamiento integral del ser humano, trata fundamentalmente de ayudarnos a armonizar y pacificar nuestra existencia un poco más. Y para ello dispone de diversas herramientas ensambladas en un didáctico sistema de entrenamiento integral del ser humano. Entre las más destacadas podemos señalar las siguientes: el entrenamiento de la respiración, el entrenamiento de la atención y concentración, la aproximación a los modelos de cambio, el entrenamiento cognitivo y emocional, el conocimiento de nuestra corporalidad tanto estática como en movimiento y, por último, la experiencia sobre los aspectos energéticos del sujeto.

En cualquier caso es seguro que a través de un proceso de entrenamiento aprenderemos mejor a gestionar mejor nuestra capacidad para el autocontrol. Pero ojo, tampoco debemos sobre valorar lo que el autocontrol significa. No debemos confundirlo con una forma de reprimir los impulsos, ni tampoco de negar la realidad. El autocontrol en ningún modo es ausencia de respuesta a los diferentes estímulos de un mundo cambiante.

Debemos evitar, por tanto, caer en el error de sobredimensionar en demasía lo que significa controlar las cosas y a nosotros  mismos, lo cual nos puede llevar a una verdadera idolatría de lo que el control significa, corriendo el peligro de ahogar y asfixiar nuestra natural espontaneidad.

Personalmente me gusta utilizar la palabra gestión, lo cual excluye los aspectos cuantitativo del asunto. Es decir, no debemos plantear las cosas en términos de un mayor o menor control, sino que más bien debemos enfocarlos en términos de cómo ser capaces de elegir la forma y la intensidad en la que ejercemos libremente nuestros mecanismos de control según la circunstancia.

Entendido de este modo es tan importante aprender a controlar como aprender a dejarse descontrolar en el momento oportuno.

Esa es la razón por la que dentro del entrenamiento en Sofrodynamia® nos interesa no sólo mejorar nuestro autocontrol, sino también aprender a discernir cuando éste debe estar reducido al mínimo para permitirnos fluir libre y espontáneamente.

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