Cultivar la Presencia

Hace décadas que vengo trabajando con diversos tipos de grupos, primero en el ámbito de la Sofrología y posteriormente en el de la Sofrodynamia®. En ellos he insistido siempre en la relación entre nuestro cuerpo, nuestra mente y otros aspectos más sutiles de nuestra consciencia. En dichos grupos, una de las primeras cosas que se proponen al alumno es reconocer que una parte importante de su sufrimiento se debe al modo habitual en el que su mente se relaciona con la realidad que le rodea, y con la manera de entender y reaccionar frente a los acontecimientos cotidianos presentes, pasados y futuros. 

Para salir de esta trampa que nosotros mismos nos creamos hemos de desarrollar una mente lúcida que nos permita establecer una conexión con nuestro centro vital, para, desde ahí, poder transformar y mejorar la vida. Esto no puede hacerse si no nos encontramos debidamente enraizados en el momento presente, y para ello necesitamos aprender a establecer Presencia.

Por eso, desde los primeros tiempos he venido proponiendo a los alumnos la importancia de cultivar la Presencia tanto en la vida diaria como también a la hora de practicar los diferentes ejercicios que se proponen durante el entrenamiento grupal. He de confesar que al principio no les quedaba demasiado claro qué era eso de la Presencia, pero, a poco de entrenarla, comenzaban a aparecer los primeros frutos en forma de una manera más apropiada de estar en el mundo y de unos mejores resultados durante la práctica de los ejercicios. 

Establecer presencia no es más  que el proceso de llevar la atención al momento presente, atendiendo tanto al cuerpo, como a la respiración, como a los fenómenos mentales o a los diferentes estímulos externos o internos, al tiempo que nuestra mente se encuentra en un estado de ecuánime observación. Podría decirse que es similar a prestar Atención Pura al momento presente.

Hace unos años encontré una obra de Michael Brown cuyo título me resulto bastante atractivo, “”El proceso de la presencia”, en el que el autor describe el proceso de la Presencia como “la activación consciente de la conciencia del instante presente a través de la experiencia de un proceso dirigido deliberadamente a ello”. Leí el texto con bastante interés, pero al tiempo que encontraba similitudes, también descubría ciertas diferencias entre lo que proponía el mencionado autor y lo que yo venía practicando desde hacía muchos años. Así, aunque ambos utilizábamos el mismo término, Presencia, cada uno lo hacía aportando unos matices diferentes. 

Establecer Presencia, desde el punto de vista que suelo proponer en los grupos, es hacer posible que la conciencia habite plenamente el cuerpo y que el cuerpo se haga presente a la consciencia, de tal manera que pasamos de percibirnos de modo fragmentado a hacerlo de manera unitaria y global. Esto queda mucho más claro cuando se experimenta durante un ejercicio que cuando, simplemente, se escucha o se lee. Desarrollar la Presencia es habitar el aquí y el ahora, de nuestro sitio y de nuestro momento actual. 

Comenzar cultivando la Presencia antes de iniciar cualquier práctica no significa en modo alguno una pérdida de tiempo, ni hay que interpretarlo como si fuese algo que se hace antes de los ejercicios. Mas bien sería al contrario, no hay ningún ejercicio que pueda ser realizado adecuadamente si no existe previamente el cultivo de la Presencia. Es más, hay que recalcar que la práctica de la Presencia constituye, por sí misma, uno de los ejercicios de más alto nivel que podamos realizar.

El cultivo de la Presencia requiere de una actitud especial que surge a partir de dos elementos principales: a) la actitud contemplativa y b) la acogida ecuánime. 

a) La actitud contemplativa es la que se deriva de la observación cuidadosa y atenta por parte de nuestra mente, acerca de cualquier acontecimiento que llegue a ella. Cuando observamos con el debido detenimiento aquellos fenómenos que emergen a la conciencia, decimos que estamos contemplando. La actitud contemplativa es requisito imprescindible para todas aquellas prácticas en las que se pretende establecer una base meditativa de trabajo interior. A partir de la actitud contemplativa durante el entrenamiento, hemos de desarrollar también la actitud de acogida ecuánime.

b) La acogida ecuánime es un estado de la mente que nos permite no establecer diferencias entre aquello que nos gusta y aquello que no nos gusta, evitando los extremos de apego por lo primero y rechazo por lo segundo. En modo alguno significa un “me da igual”, sino que, siendo capaces de  reconocer lo que nos gusta y lo que no, mantendremos nuestra mente en un estado tal que podremos afrontar la vida con todas sus vicisitudes sin sufrir los vaivenes mentales de la atracción o el rechazo por las cosas.

Tratar de desarrollar estos dos aspectos mentales, la actitud contemplativa y la acogida ecuánime, junto con la práctica de la Atención Pura al momento presente, nos permitirán cultivar y desarrollar el estado de Presencia y, a partir de ahí, aprender a estar en el mundo de una forma mucho más gozosa y plena.

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