Efectivamente, soy un antiguo

Soy un antiguo

A pesar de mis esfuerzos me he quedado anticuado

Desde muy joven, tanto en el ámbito del estudio como del trabajo, elegí traspasar la frontera de lo convencionalmente conocido para explorar otras opciones más allá de lo que tradicionalmente se aceptaba en el campo de la medicina, pero sin renunciar nunca a los postulados básicos de la ciencia.

Esto me llevó a conectar con la Medicina Tradicional China, la Homeopatía, la Medicina Tibetana, la Sofrología, y un largo etc. que dio lugar a que mi práctica se orientase a lo que hoy día se conoce como Medicina Integrativa

Dicho enfoque médico constituye una disciplina científica de vanguardia que cada día se va extendiendo más en los países más avanzados, y en la que tomando como base la medicina convencional se aporta una nueva visión de la salud y de la enfermedad mucho más sistémica y completa.

Utiliza estrategias de las medicinas no convencionales para abordar las diferentes patologías y promover la salud de una forma más natural, con menos efectos secundarios y en la que se tienen en cuenta los aspectos emocionales y espirituales de cada persona.

Pero a pesar de todos mis esfuerzos por mantenerme en la vanguardia en mi profesión y de estar al día de aquello que acontece, he de admitir que, efectivamente, me he dado cuenta de que soy un “antiguo”.

¿Y por qué digo esto?

Porque a la luz de cómo funcionan las cosas en una sociedad como la nuestra, defender ciertas posiciones, cosa que por otro lado me parecen obvias, se ha convertido en algo antiguo y pasado de moda.

La puntualidad

Ser puntual es respetar nuestro tiempo y el de los demás

Por ejemplo, a mí me enseñaron que la puntualidad es un valor y que es la manera de honrar el tiempo propio y el de los demás. Pero en nuestro medio eso de llegar quince, veinte, treinta minutos tarde, parece que da igual. Obviamente, soy un antiguo, porque a mí no me da igual.

También pertenezco a quienes aprendieron con la cultura del esfuerzo. Siempre he creído, y sigo manteniendo, que te encuentres donde te encuentres, con esfuerzo, constancia y disciplina puedes lograr muchos de los objetivos y metas que te propongas. Pero vivimos en un mundo donde la cultura del pelotazo, el ascenso fácil e inmerecido hasta posiciones de poder para las que no se está cualificado, los “Pequeños Nicolás” (que hay más de uno), el amiguismo, el enchufismo, etc., campan a sus anchas. También me he quedado antiguo en esto.

Aprendí de mi padre que la palabra dada era tan valiosa y vinculante como cualquier contrato firmado ante notario. Pero hoy día escuchas a quienes dicen blanco, después dicen negro, después dicen que no han dicho nada de eso y que ha sido un malentendido, etc. Aquello del honor hacia la propia palabra dada parece que está también pasado de moda.

Otra cosa que aprendí es a hablar con respeto a los demás. Hablar de usted a un

La palabra dada

Honrar nuestra palabra

desconocido, independientemente de su edad, raza o condición, mientras no se haya convenido otra cosa entre ambos, porque, según entiendo, hablar con respeto a los demás no ha de significar en modo alguno distancia, menosprecio ni indiferencia, sino más bien una especie de reverencia y reconocimiento de su grandeza como ser humano. Hablarle con igual respeto al repartidor de pizzas que a aquel al que consideras tu maestro me ha parecido siempre lo apropiado. Sin embargo hoy día, en cualquier comercio te recibe una jovencita (o jovencito) que, mientras mastica chicle, te habla con una familiaridad propia de quien es amigo de verdad, o es un consanguíneo, o ha compartido aventuras, comida o techo contigo.

Según parece, hablar respetuosamente también está pasado de moda y se ha sustituido hoy día por un lenguaje más burdo y chabacano.

¡Es que hablar de “usted” es muy antiguo!, ¡pues vale!

También aprendí a ceder el paso a otra persona, tanto si era hombre como mujer, cosa que me ha valido en ciertas ocasiones algún exabrupto por parte de alguna feminista. Nunca llegué a entender porque se confunde el respeto con el machismo.

En fin, según parece, a pesar de mis intentos por mantenerme al día en lo que a mi profesión se refiere, no paso de ser más que un antiguo, al menos en los aspectos que he mencionado anteriormente y, también, en algunos otros más que no referiré para no extenderme en demasía.

Pero, quizás, lo más curioso del caso es que no me avergüenzo de ello, y quiero seguir siéndolo. Además, como en muchos aspectos de mi vida he ido siempre a contracorriente, no tengo ninguna pereza de seguir a contracorriente en otro aspecto más.

¡Definitivamente, quiero seguir siendo un antiguo!

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