Las enseñanzas del sentido común (I)

Si habitualmente aplicásemos un poquito más de sentido común a nuestras vidas, posiblemente viviríamos mejor y disfrutaríamos más de todas las cosas. No sin cierta razón se dice frecuentemente que “el sentido común es el menos común de los sentidos”, aludiendo a lo difícil que es encontrar personas que lo usen apropiadamente de manera habitual.

Para muchos, el sentido común tiene que ver con la lógica. Para otros, con todo aquello que resulta obvio y evidente. También se le relaciona con una cierta capacidad para tomar el pulso a las situaciones o predecir algunos desenlaces que pudieran suceder. Todos estos puntos de vista tienen parte de razón, pero si queremos incluirlos todos bajo un mismo concepto, se podría decir que, el sentido común, se relaciona sobre todo con la inteligencia de tipo práctico.

En general, el término inteligencia es difícil de precisar y definir. Dicha dificultad se solventa en parte cuando etiquetamos la inteligencia con un apellido determinado y hablamos entonces de inteligencia mecánica, o inteligencia matemática, inteligencia abstracta, etc. Definimos cada una de estas inteligencias como la capacidad que tiene el sujeto para hacer frente a las situaciones o retos que se le plantean en uno u otro tipo de cuestiones.

Sabemos, también, que tener una elevada inteligencia de determinado tipo no significa, en absoluto, que se posea de otro. Incluso son frecuentes los casos en los que se demuestra lo contrario, como por ejemplo el hecho de que personas con una gran inteligencia matemática carezcan al mismo tiempo de inteligencia práctica o viceversa.

Es evidente que el sentido común no depende tanto del nivel académico sino más bien de una cierta habilidad para vivir la vida y sacar el mejor provecho de cada situación, incluso cuando las circunstancias parecen complicadas.

Podemos, pues, intentar desarrollar nuestro propio sentido común, al mismo tiempo que también es posible aprender bastante mediante la observación atenta de aquellas personas que lo poseen. Es un aprendizaje que no se acaba nunca, y de él he podido extraer gran cantidad de aplicaciones prácticas.

A lo largo de los años de trabajo he comprobado cómo las dificultades de algunas personas se debían no a un proceso patológico determinado, ni a un trauma de la infancia, ni tampoco a un trastorno bioquímico. Simplemente eran deficitarios en sentido común.

Toda esa experiencia me ha servido para ayudar a otros a beneficiarse de estas habilidades y ayudarles a evitar ciertas dificultades o errores. En apartados sucesivos comentaré algunos ejemplos de lo que podríamos llamar “la sabiduría del sentido común”, eso que el sentido común aporta y que estimo podría ser de utilidad a quienes deseen ponerlo en práctica.

Espero que si lo leen, no les extrañe que se describan algunas obviedades, pero les aseguro que si las relato en este apartado es porque, a pesar de lo obvio que pudiera parecer, necesitan ser leídas y asimiladas.

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