La Medicina Integrativa

Aunque parece que todo lo concerniente a la Medicina Integrativa es algo reciente, en realidad su origen se remonta a los inicios mismos de la medicina occidental, es decir a Hipócrates hace unos 2500 años. Podría decirse que, a su manera y en su contexto, Hipócrates fue un médico integrativo, ya que observaba al paciente en su totalidad y atendía también a sus hábitos de vida y a la relación de éste con su contexto y con la naturaleza. 

Pero modernamente el término Medicina Integrativa nos llega desde Estados Unidos cuando en 1998 se crea el National Center for Complementary and Alternative Medicine (NCCAM: Centro Nacional para la Medicina Complementaria y Alternativa) dentro del National Institut of Health (NIH, Instituto Nacional de la Salud) para acoger y dar soporte a las llamadas Medicinas Complementarias.

Como quiera que el término “alternativo” fue ampliamente criticado por muchos profesionales (yo nunca me he considerado un “´medico alternativo”), en el año 2014 se modificó la anterior denominación y se cambió por National Center for Complementary and Integrative Health (NCCIH: Centro Nacional para la Medicina Complementaria e Integrativa). 

Pero, exactamente, ¿qué es la Medicina Integrativa y cuál es la diferencia de ésta con respecto as la Medicina Oficial?

Lo primero que habría que resaltar es que no son dos cosas opuestas, sino complementarias. El médico integrativo nunca renuncia a los medios técnicos ni a los conocimientos científicos de la medicina convencional. Tampoco al uso de las técnicas diagnósticas o terapéuticas más actuales. La diferencia no reside en el instrumento que se utiliza, sino en el acercamiento que realizamos a la enfermedad y al paciente, es decir, el enfoque. Podría decirse que lo hace que diferente a la Medicina Integrativa  es “la mirada”.

Os pongo un ejemplo. Si uno va a una consulta habitual de medicina convencional diciendo que tiene alergia y que desde hace unos días padece estornudos, rinorrea y le pican los ojos, la cosa estará muy clara y se resolverá en pocos minutos. Le recetarán un antihistamínico y punto. Está mal recetado, ¡no!, la prescripción es correcta. Correcta pero, desde nuestro punto de vista, incompleta.

Si este mismo paciente va a un médico integrativo, éste le hará una historia clínica bastante amplia (no sólo en lo referente a la alergia), sino que también le preguntará acerca de su trabajo, su familia, su alimentación, sus hábitos de conductas, etc.,  y sin despreciar el antihistamínico (que también podría recetarlo) le propondrá al paciente una estrategia orientada a disminuir la reactividad de su fondo alérgico y a mejorar, no solamente un síntoma concreto, sino, sobre todo, su estado de salud en general.

En el primer abordaje, el convencional, no tardaremos más de cinco minutos en despachar al paciente. En el segundo enfoque, el integrativo, obviamente necesitaremos disponer de mucho más tiempo. Decía el Doctor Gregorio Marañón, “La mejor herramienta del médico es la silla”, refiriéndose con ello a la necesidad de sentarse y escuchar atentamente lo que nos cuenta cada paciente, y eso requiere tiempo. 

Desde la Medicina Integrativa también tenemos una especial forma de comprender al ser humano, mucho más acorde con los conocimientos científicos actuales. Entendemos que un ser humano no es una suma de partes, no es un conjunto de órganos que puedan estudiarse por separado. No pueden verte el hígado sin tener en cuenta todo lo demás. El ser humano es un sistema biológico complejo y dinámico en interacción continua con el medio ambiente, de tal manera que aparecen síntomas en un órgano, aparato o sistema, pero la raíz y el origen del mismo podría hallarse en otro sitio distinto. Esto hay que contemplarlo, analizarlo y estudiarlo, abordando al individuo de forma global y sistémica.

A eso me refiero cuando digo que la diferencia entre la medicina convencional y el modelo integrativo no se trata del uso o no de ciertos productos o técnicas, sino que  la diferencia reside en una “mirada” y un enfoque totalmente distinto del sujeto y de su proceso de salud y enfermedad.

Además, desde el enfoque de la Medicina Integrativa, hacemos un mayor énfasis en la alimentación, en la gestión emocional y del estrés, en los hábitos saludables del estilo de vida y tantas cosas más que, aunque todos los médicos lo saben en teoría, en la clínica práctica, en el día a día, se suele hacer caso omiso de ello. Todavía escucho a prestigiosos especialistas decirle a los pacientes frases del tipo “come lo que quieras, la alimentación no tiene nada que ver con lo tuyo”. ¿De verdad que con los conocimientos que tenemos hoy día en el siglo XXI se puede seguir diciendo que, aspectos claves como la alimentación, no tienen nada que ver con la salud o la enfermedad y quedarse tan frescos, y encima pensar que hacen “medicina científica”? ¡Es como para hacérselo mirar!

También me gustaría comentar que en la Medicina Integrativa tenemos preferencia por usar medios terapéuticos menos agresivos, siempre que sea posible, considerando una especie de jerarquía terapéutica para la aplicación estos remedios. Dicha jerarquía abarcará desde lo más suave a lo más agresivo, pero de una forma secuencial, progresiva, y ascendiendo en el nivel de complejidad siempre que no funcione el escalón anterior. Por tanto, no renunciamos a usar ningún remedio farmacológico, quirúrgico, radioterápico, etc., si llegado el caso así se requiere.

Hay que dejar claro que la Medicina Integrativa no se opone en absoluto a la Convencional, sino que su pretensión es enriquecerla, iluminarla y complementar los conocimientos científicos actuales trabajando siempre en beneficio del paciente, al tiempo que se promociona un concepto de salud más moderno, ecológico y global. Además, consideramos importante animar al paciente a desarrollar la autoresponsabilidad durante su proceso de curación, así como a implementar los principios básicos de autocuidado que le permitan un mayor bienestar físico, emocional y espiritual.

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