Construir nuestro Templo Interior

La palabra contemplar tiene un curioso origen. Proviene del latín “contemplari”, palabra compuesta por “cum” (compañia o acción conjunta) y “templum” (templo o lugar sagrado). Cuando al realizar ciertas prácticas sofrodynámicas nos situamos en una actitud contemplativa, en realidad estamos construyendo nuestro propio templo, nuestro propio lugar sagrado.

Descubrir este espacio de consciencia requiere de práctica, así como del desarrollo de ciertas habilidades. De alguna manera podría compararse al trabajo de los antiguos Maestros Canteros a la hora de construir una catedral. Un aprendiz de constructor alcanzaba la maestría a lo largo de muchos años de entrega a la disciplina que había elegido. Comenzaban con las tareas más básicas hasta que años después llegaban al grado de Maestros. Esta misma analogía que sirve para entender el modo de construir un templo exterior, es posible usarla para explicar la forma de construir nuestro “Templo Interior”. Es decir, a través de la entrega, dedicación y práctica conseguimos desarrollar las habilidades necesarias para experimentar niveles de consciencia más sutiles.

Ser un maestro en cualquier ámbito de la vida requiere tiempo, dedicación y disciplina. Cada uno de nosotros somos también maestros en algo. Los hay en todos los campos imaginables (deportes, cocina, ciencias, arte…). Pero algunos emplean, muchas veces sin saberlo, su tiempo y su esfuerzo en cultivar una maestría que les va producir más daño que beneficio. Por desgracia conozco a bastantes personas que han logrado un nivel sobresaliente en ello. Algunas de estas lo hacen tan bien que merecen un “cum laude”, ya que han desarrollado un alto nivel de destrezas y habilidades en sufrir más de lo necesario. 

Cuando cultivamos pensamientos, conductas y emociones limitantes de forma repetitivas, llegamos a ser unos verdaderos maestros en “el arte de fastidiarse la vida”.  Decimos que una conducta, un pensamiento o una emoción es limitante cuando nos llevan a generar sufrimiento en lugar de felicidad.

Alguien podría preguntarse acerca del beneficio que conlleva dicha actitud. La respuesta es sencilla, no reporta ningún beneficio. Pero al contrario de lo que se suele suponer, los seres humanos no siempre realizamos acciones sensatas y razonables, sino que muchas veces nos empeñamos en caminar por algunos tortuosos senderos que generan infelicidad, no sólo en nosotros, sino también en los que nos rodean. Llegar a explicar las razones de por qué un ser supuestamente racional, como es el ser humano, se comporta de ese modo es algo bastante complejo.

En realidad, queriendo o sin querer, todos metemos la pata en determinados momentos de nuestra vida. Pero lo realmente importante es que no lo repitas tantas veces que te conviertas en un experto en ello. Dicha maestría, la de ser maestros en crearse problemas, es mejor no cultivarla. 

De entre todos ellos, podría decirse que existen dos grupos nítidamente diferenciados: los que quieren salir de ahí y quienes se encuentran más cómodos instalados en la queja. Para los primeros tenemos una buena noticia: es posible cambiar el rumbo. Es posible  mejorar. Para ello, disponemos de gran número de opciones que nos permiten aprender a sufrir menos y a vivir una vida más plena. Todo ello requiere de un entrenamiento que nos ayude a desarrollar otro tipo de maestría, la de cultivar  “el arte de vivir en plenitud”. A éste arte lo llamamos vida saludable. 

Por tanto, te encuentres como te encuentres, es posible vivir una vida mejor que la actual, aunque tus circunstancias personales no sean las más apropiadas. No olvides  que, tanto la felicidad como el sufrimiento, dependen de nuestro estado mental, es decir, de cómo procesas dichas circunstancias y de cómo construyes tu realidad interior.

Acoger aquello que la vida nos trae y aprender gestionarlo de la mejor forma posible es una de las mejores prácticas de salud y plenitud vital que podríamos regalarnos y regalar a los demás. Somos responsables de nuestra vida y constructores de nuestro futuro. 

Al igual que los Maestros Canteros de la edad media eran capaces de construir hermosas catedrales con escasos medios técnicos, igualmente nosotros podríamos ser capaces de alzar un verdadero “templo interior” con los materiales de los que disponemos en estos momentos. Es posible desarrollar la maestría que nos lleva a conseguirlo. Esa maestría que nos permite acceder al lugar de encuentro con lo más profundo de nosotros mismos; un lugar desde el cual podemos proyectarnos hacia los demás de una forma más sana, armónica y solidaria.

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