Felicidad o felicidades

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La felicidad nos eleva y nos da impulso

Existen palabras en nuestro lenguaje que, aunque la mayoría de las personas no tienen ninguna dificultad para entender lo que significan, en ocasiones nos resulta especialmente difícil llegar a un consenso para la correcta comprensión de las mismas. Esto ocurre con la palabra felicidad. Todo el mundo sabe lo que es pero qué trabajo cuesta describirla con precisión.

La RAE (Real academia de la Lengua) la define como “un estado de satisfacción física y espiritual” o como “ausencia de inconvenientes o tropiezos”. Estoy convencido que sobre esta definición muchos lectores estarán pensando en ciertos matices para completarla o modificarla.

Desde hace unos años, sobre todo con el advenimiento de la Psicología Positiva, el término felicidad ha pasado del ámbito común o doméstico al mundo de las investigaciones psicológicas en busca del conocimiento de aquellos factores que pudieran incrementarse o aprenderse para lograr que las personas fuésemos un poco más felices. Esto, a mi juicio, ha supuesto un gran avance en el campo de la salud, ya que se introduce el término felicidad como uno de los elementos integradores de la salud en los seres humanos, lo cual trasciende ciertas visiones reduccionistas sobe la misma.

Una vez dicho esto, cabría comentar que en realidad es más apropiado hablar de “felicidades”, en plural, que de felicidad, en singular. Porque, según parece, existen distintos tipos de felicidades. Diversos autores han realizado sus propias clasificaciones, de entre las cuales expondré una que me parece sencilla y esclarecedora.

Podríamos hablar de una llamada felicidad hedonista o hedónica, para referirse al tipo de felicidad que proviene de la satisfacción sensorial o, lo que es equivalente, el placer a través de los sentidos, sin más. Una persona podría sentir que su vida es satisfactoria y, por tanto, feliz, si goza de una cierta seguridad económica que le permite una buena vivienda, suficiente ropa de abrigo, comida en abundancia, disfrutar de ciertas actividades como el deporte o cosas similares, mantener una salud aceptable, etc., es decir una vida sin aspectos limitantes ni sobresaltos en lo físico, económico y lo emocional. Esto está muy bien, pero para ciertas personas puede parecer una visión incompleta sobre la felicidad,

Por otro lado, hablaríamos de una felicidad eudaimónica para referirnos a aquellas personas en las que el aspecto espiritual o el desarrollo humano constituyen una pieza clave en sus vidas. La palabra griega eudaimonia nos retrotrae al pensamiento filosófico griego de tipo aristotélico, el cual definía la eudaimonia como “el virtuoso ejercicio de lo específicamente humano, que para Aristóteles era la razón. Pero en un sentido más amplio, eudaimonia, se refiere al sentido de plenitud del ser, a la felicidad espiritual o a la alegría como estado mental.

Desde este punto de vista, encontramos un nuevo elemento constituyente de un estado de felicidad, lo concerniente a la dimensión espiritual del ser y al proceso de evolución y desarrollo de nuestro potencial humano.

Esto último parece aportar un enfoque más estable acerca de la felicidad, ya que si nos basamos en el aspecto hedónico de la misma, cualquier contratiempo, pérdida o limitación que apareciera en nuestras vidas, tanto si es inesperado como si no lo es, daría al traste con el estado de felicidad del individuo. Mientras que desde el punto de vista eudaimónico, los acontecimientos anteriores podrían ser vividos de un modo bastante diferente, aceptando la parte de dolor que hay en ellos y disfrutando del proceso de aprender, madurar y hacer frente a las adversidades en término de una mayor maduración del sujeto.

Más allá de lo anterior, lo realmente importante es desarrollar el impulso natural y genuino de liberarse de nuestros sufrimientos cotidianos y orientar nuestros esfuerzos para vivir unan vida más plena, feliz y armónica, al tiempo que facilitamos el que quienes nos rodean también puedan hacerlo.

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