En el mundo suceden cosas, y a esas cosas que suceden las llamamos acontecimientos o eventos. Podríamos decir, pues, que un acontecimiento o un evento, es un fenómeno histórico ocurrido en un tiempo y un espacio concreto.
Pero cuando un ser humano lo experimenta, entonces pasa de ser un mero suceso histórico para transformase en una “experiencia vital”.
Es en ese preciso momento cuando deja de ser algo algo sucedido y objetivo, para convertirse en una construcción mental personal y subjetiva, es decir, elaborada.
Por eso, ante cualquier acontecimiento existen tantas interpretaciones construidas como sujetos lo experimenten. Cada cual hará la suya propia y se quedará tan satisfecho. No existe, pues, una interpretación verdadera y única que haga que las demás sean falsas. Todas ellas serán subjetivas y personales, pero con la característica de que cada persona la defenderá como su “auténtica verdad”. Por tanto, lo que llamamos experiencia, es sólo una mera “interpretación de algo vivido”. Comprender esto tiene una gran importancia.
En términos de desarrollo humano, no nos interesa clasificar las experiencias en buenas o malas, sino en limitantes o en potenciadoras. Es decir, un mismo acontecimiento me servirá para sufrir o para crecer, dependiendo del modo en que procese dicha información.
Lo anterior no tendría mayor importancia si no fuese por el tremendo error que los seres humanos reiteramos contumázmente: creer que lo que sentimos como experiencia vital es igual al acontecimiento histórico. Este error constituye la base de mucho sufrimiento inútil, de discusiones e incluso de conflictos de mayor envergadura.
A lo largo de los años trabajando con muchos pacientes, he constatado con cierta frecuencia que lo que la persona siente que sucedió apenas se parece al evento acontecido.
Para salir de este error, conviene tener muy claro unas cuantas premisas:
1.- Lo que en cada momento piensas y sientes no es más que una construcción mental y personal de algo diferente.
2.- Cada persona tiene la suya propia.
3.- Esta construcciones mentales no deben clasificarse como verdaderas o falsas, sino como apropiadas (potenciadoras) o no apropiadas (limitantes), según nos hagan crecer o sufrir.
4.- La felicidad o el sufrimiento, pues, no son fruto de acontecimientos vividos sino de la forma en los que cada uno los ha experimentado.
5.- Podemos aprender a construir experiencias internas de un modo más potenciador, y eso nos ayudará a vivir mejor el presente y a reinterpretar mejor nuestro pasado.
Comprender estos cinco puntos es fundamental para aquellas personas que han tomado la decisión de sufrir menos y de vivir mejor.
Aquejados por el error que he comentado anteriormente, hay quienes sostienen la creencia de que “un niño herido será un adulto amargado o enfermo”. Esto es defendido actualmente por muchos psicólogos y terapeutas, constituyendo en muchos casos el dogma central de sus creencias, a partir del cual construyen una terapia basada en el trauma.
Pero lo curioso del caso es que las investigaciones psicológicas realizadas en los últimos diez años sobre poblaciones con condiciones vitales difíciles, demuestran justo lo contrario.
¿Qué hacer, entonces, ante estas nuevas evidencias científicas?
Pues tal vez debiéramos hacer lo que una vez escuché decir al Dalai Lama cuando le preguntaron a propósito de las contradicciones entre la ciencia y la tradición. Él respondió, “cuando la ciencia demuestra algo que es contrario a lo que siempre he creído, he de cambiar mis creencias”. Esta respuesta del Dalai Lama encierra una gran humildad, pero sobre todo contiene una gran sabiduría. Así, cuando la vida nos demuestra algo distinto de lo que hasta ahora habíamos creído, lo más apropiado debiera ser cambiar nuestras creencias.
Si asumimos esta perspectiva, muchas cosas podrían cambiar en nuestro interior y podríamos liberarnos de las terribles cadenas de nuestro pasado.
No cabe duda de que somos herederos de nuestro pasado. Cada uno arrastra su propia historia personal, lo cual en algunos casos puede ser un lastre para muchas personas que sienten que su vida presente se encuentra determinada por los acontecimientos que vivieron en el pasado. Estas personas viven como prisioneros de su propia biografía.
No debemos renunciar, ni tampoco negar, nuestra propia historia pasada, pero desde el punto de vista de la Sofrodynamia®, la clave estriba no en qué herencia has recibido sino en el modo en el que gestionas dicha herencia.
Todos conocemos casos familiares en el que dos hermanos reciben la misma herencia y al cabo del tiempo uno la ha multiplicado mientras el otro vive en la ruina. Algo parecido hacemos con nuestra historia vital, unos la usan para crecer y otros para quejarse y lamentarse durante el resto de su vida.
Cuando queremos salir del sufrimiento, quedarse estancado en la queja permanente acerca de lo mala suerte que hemos tenido o lo dura que ha sido la vida con nosotros, es de muy poca utilidad, más bien se convierte en un veneno, porque dicha actitud lo que hace es fomentar el rol de víctima que sólo nos traerá más sufrimiento.
Los estudios actuales sobre resiliencia demuestran que una cierta cantidad de dificultad en la vida puede ser muy apropiada porque nos hace más fuertes. Lo único que tenemos que hacer es aprender a bregar con las dificultades en lugar de quejarnos de ellas.
Otro interesante descubrimiento de la moderna psicología es el hecho de constatar que entre las personas que sentían haber tenido mala suerte en la vida y aquellos otros que se consideraban afortunados, en realidad no había tantas diferencias en lo que se refería a los acontecimientos vividos. Incluso en muchos casos, los que se consideraban afortunados habían tenido una vida más complicada y difícil que el otro grupo. ¿Cómo explicar esto? Pues muy fácil. Cada uno está limitado por sus propios procesamientos mentales y no por el acontecimiento histórico en sí.
Aprender a cambiar nuestros procesamientos limitantes por otros más potenciadores, tal vez sea la mejor manera de sanar nuestro presente y nuestro pasado, y, sobre todo, la mejor manera de construir un futuro mejor.
bienestar
La consciencia humana, ¿un fenómeno cuántico?
La consciencia es algo que todos sabemos que tenemos y experimentamos continuamente, pero que resulta extremadamente difícil de definir, incluso por los más versados en el tema. Digamos que no existe una especie de acuerdo mayoritario a la hora de decir qué es exactamente.
Tal vez por eso, una de las curiosidades que ofrece el estudio de la consciencia humana es que, a lo largo de los años, ha sido abordada desde muy diferentes disciplinas, aportando cada una de ellas su propia visión particular de la misma.
Curiosamente, por muy dispares que resulten dichas disciplinas, resulta que, cuando uno se introduce en profundidad para conocer algunas de ellas, observa que, con frecuencia, acaba convergiendo con otras, de tal manera que pudiera decirse que los distintos enfoques de la consciencia, en ocasiones, se asemejan a los diferentes radios de una rueda que, manteniendo su individualidad, convergen todos juntos en el mismo eje central.
En la actualidad, resulta relevante el hecho de encontrar ciertos enfoques psicológicos, como es el caso de la Psicología Transpersonal, que conectan algunos de sus postulados con algunos de los principios de disciplinas aparentemente tan alejadas como la Física Cuántica, la Filosofía o la Mística.
Dicha convergencia nos lleva a establecer curiosas constataciones, como por ejemplo el hecho de que algunos estudiosos de estos temas hayan resaltado las coincidencias encontradas en las descripciones que existen acerca de la consciencia al comparar los textos de las antiguas tradiciones místicas, con los textos modernos elaborados por los físicos cuánticos actuales. En algunos casos resulta prácticamente imposible diferenciar al autor de uno u otro texto cuando se leen juntos. ¿No será, pues, la consciencia un fenómeno cuántico que es posible entender mucho mejor en la actualidad debido a los avance de la Física Cuántica?
Convencionalmente, tanto en la Psicología como en las Neurociencias en general, se ha tratado de estudiar la consciencia humana desde los postulados propios del paradigma mecanicista de la Física Newtoniana, cuando en realidad el comportamiento de la misma, por lo que hemos mencionado, se parece bastante más al de las partículas subatómicas que no al de un mero objeto mecánico. Sabemos hoy día que el estudio de las partículas subatómicas es abordado por la física cuántica y no por la mecánica newtoniana.
En el caso de la consciencia humana encontramos curiosos fenómenos difíciles de explicar desde los postulados convencionales, como por ejemplo lo concerniente a la “Teoría de las Resonancias Mórficas» de Ruppert Sheldrake, o el curioso fenómeno de la “Masa crítica” conocido como el “centésimo mono” que fue descrito por Lyall Watson y que se hizo popular a través de su obra “Lifetide: the biology of unconscious”. Además de lo anterior, todo lo estudiado y demostrado en diversas universidades del mundo acerca del “Fenómeno PSI”, apoyan este enfoque cuántico y no mecanicista del asunto.
Dana Zohar, en su famoso libro de los años 90, “La consciencia cuántica”, argumenta, desde su posición de licenciada en física y filosofía por el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), el modo en el que la nueva física de partículas subatómicas permite comprender mejor y explicar científicamente algunos de los fenómenos de consciencia que desde el campo de la psicología convencional no es posible comprender, por encontrarse fuera de su modelo paradigmático.
La hipótesis cuántica de la consciencia, por tanto, cobra cada vez fundamentos más sólidos y nos permite abordar nuevos caminos de investigación que nos llevan a comprender mejor lo que los místicos de oriente y occidente, a lo largo de miles de años de práctica, experimentaron y enseñaron acerca de la consciencia, así como de las experiencias respecto a lo que hoy día se conocen como “Niveles Superiores de la Consciencia”.
Desde este punto de vista, podemos entender como las prácticas meditativas, la recitación de mantras, el sonido de los cuencos o el trabajo con los mandalas nos desvelan parte de su sentido y nos permiten una cierta comprensión más profunda del misterioso fenómeno de la consciencia humana.
Una vez comprendido este aspecto, es imposible, salvo por ignorancia manifiesta, tratar de explicar dichas prácticas como una mera curiosidad de la cultura oriental sin otra implicación para nuestra vida. Pero claro, ya sabemos que quien no quiere ver, no verá jamás por mucho que se le insista.
No hace tanto tiempo que en occidente se ha mostrado interés por estudiar en profundidad los fenómenos de la consciencia, mientras que en oriente hace miles de años que a través de la práctica y de la experiencia se han dedicado a ello con profundidad y rigor.
La psicología actual, como disciplina científica que pretende ser, ha recibido la herencia de diferentes corrientes importantes que a lo largo de los años han pugnado entre sí para conseguir la hegemonía sobre las demás y la primacía de ser considerada como el modelo psicológico a seguir. De momento ninguna lo ha conseguido.
Primeramente podemos citar el Psicoanálisis, corriente psicológica impulsada por Freud, con una innegable aportación al mundo, a la cultura y a la sociedad actual, pero con la importante limitación de dejar fuera de su campo de interés todos aquellos fenómenos de la consciencia que no sean los referidos al mundo del inconsciente.
Por otro lado, la Psicología Conductista, la cual, en su pretensión de ser puramente científica y objetiva, se dedicó a tratar de medir sólo lo puramente observable, es decir las conductas. Según ellos, se excluyen de su campo de interés todos aquellos fenómenos y aspectos del ser humano que por no ser objetivamente cuantificables no serían objetos de su estudio. Podría decirse que, con este modelo, hemos aprendido más acerca del comportamiento de los ratones corriendo por los laberintos que acerca de la profundidad y la grandeza del ser humano.
Una cierta suavización del radicalismo conductista supone la aparición de esa escuela psicológica conocida como Cognitiva–Conductual, gracias a la cual se incluyeron dentro de su campo de interés otros elementos que anteriormente no se contemplaban.
Finalmente, tomando a Abraham Maslow como referencia, aparece una tercera corriente de gran importancia, la Psicología Humanista.
En ella se parte de presupuestos totalmente diferentes de los anteriores. Maslow se pregunta cómo es un ser autorrealizado y de qué manera podríamos modelarlo para llegar a ser como él. Se interesa mucha más por desarrollar el potencial latente de los seres humanos que en describir modelos psicopatológicos de la psique humana. Podríamos decir que comienza aquí el primer esbozo de una “psicología de la autorrealización”.
La culminación de esta última corriente aparece con fuerza gracias a la aparición de la llamada Psicología Transpersonal (la “cuarta fuerza”, como algunos han querido denominarla), en la que se trasciende la realidad aparente y trata de ir más allá de la “máscara” (el significado etimológico de la palabra “persona” es “máscara” en griego) para llegar al núcleo auténtico del ser.
No es de extrañar, pues, que en un modelo psicológico en el que pretendemos ir más allá del ámbito personal para abordar la misma esencia del Ser, los psicólogos de esta última corriente se hayan nutrido ampliamente en el mundo del pensamiento oriental. Y este fenómeno no ha sido por snobismo o por moda, sino por el imperativo que marca el sentido común de acceder a las fuentes originales que, con mayor experiencia y precisión, nos han legado los conocimientos sobre dicho camino.
Y esto ha sido así porque mientras que nuestra cultura se ha preocupado durante milenios de lograr unos avances tecnológicos que nos hicieran la vida más cómoda y agradable, y ciertamente que muchos avances se han logrado en este sentido, en la cultura oriental se han dedicado más a cultivar y aprender acerca de los fenómenos de consciencia.
Sin menoscabo de los grandes maestros y místicos occidentales, que los hubo y los hay, no es equívoco afirmar que, en este ámbito de la consciencia, oriente nos lleva la delantera.
La Psicología Transpersonal y la actual física de partículas, la Física Cuántica, han comprobado, como puede leerse en la obra de Fritjof Capra, “El Tao de la Física”, que la descripción de experiencia de consciencia que relatan algunos maestros orientales de épocas pasadas, se corresponde sorprendentemente con la que realizan los físicos cuánticos actuales cuando describen la naturaleza íntima de la realidad.
Tal vez consciencia y realidad material sean fenómenos coincidentes a nivel cuántico.
Para finalizar, cito a continuación las palabras textuales de Capra en un artículo de una de sus obras publicada junto con otros autores, “Mas allá del Ego”: Dice así, “La experiencia mística es necesaria para entender la naturaleza profunda de las cosas, y la ciencia es esencial para la vida moderna. Lo que necesitamos, por consiguiente, no es una síntesis, sino una interrelación dinámica entre la intuición mística y el análisis científico”.
El Ácido alfa lipoico, ese desconocido
Es posible que la mayoría de las personas que lean este texto no haya oído hablar nunca del Ácido Alfa Lipoico (ALA), salvo si están relacionados con profesiones sanitarias o les interesa mucho el tema de los antioxidantes o de la Nutrición Ortomolecular.
No es un producto tan conocido como otros que salen en los anuncios de la tele, como cuando promocionan productos antienvejecimiento con Resveratrol o cosméticos para las arrugas con Coenzyma Q-10. Estos si suenan más y parecen más cercanos a todos.
Sin embargo, el ALA, a pesar de no ser muy famoso, es una de las substancias que conviene tener presentes en el ámbito de la salud y la prevención ya que produce múltiples beneficios para quienes lo consumen.
Químicamente podemos decir que es un compuesto organosulfurado, estructuralmente es un ácido graso con dos átomos de azufre, derivado del Ácido Caprílico. También es conocido como Ácido Tióctico.
Si les cuento un poco de su historia, podría decirles que fue aislado en 1951 por Dr. Lester Reed a partir de aproximadamente 10 toneladas de hígado de vacuno. En 1989 se encontró que el ALA poseía un gran efecto antioxidante, siendo considerado hoy día como el “Antioxidante Universal”, ya que tiene la propiedad de ser a la vez hidro y liposoluble. Ayuda a la Vitamina B en la conversión de los principios inmediatos en energía, por lo que tiene una gran importancia a nivel de la obtención de energía por las células.
Aunque es un producto que se sintetiza en el organismo, la cantidad en la que se hace es insuficiente y además declina con la edad, por lo que hay que suplementarlo.
En los últimos años se han venido realizando numerosos estudios, gracias a los cuales hoy día conocemos la importancia de dicha substancia y las funciones que realiza en el organismo.
La “Natural Medicina Comprehensive Data Base” (La base exhaustiva de datos de medicamentos naturales) indica que es probablemente eficaz para el tratamiento de la diabetes tipo II, así como para la neuropatía diabética.
También indica que es posiblemente eficaz para el tratamiento de enfermedades hepáticas, sobre todo aquellas relacionadas con el consumo de alcohol, y en los problemas cerebrales relacionados con el VIH. También en la neuropatía cardiaca autonómica.
Otros estudios han señalado evidencias que demuestran que es una substancia fundamental para la producción de la energía en las células debido a que controla la oxidación de la glucosa.
También sabemos que contribuye a la regeneración de otros antioxidantes como la Vitamina C, la Vitamina E, el Coenzyma Q-10 y el Glutatión, por lo que es una substancia fundamental para el equilibrio de la Red de antioxidantes del organismo.
Ayuda a prevenir el daño celular y mejora la conducción de las neuronas. Según parece, también puede ayudar a disminuir el nivel de azúcar en la sangre, por lo que los diabéticos que lo consuman habrán de cuidar el ajuste de la dosis de medicamento.
Se ha evidenciado, además, un efecto neuroprotector contra las patologías neurodegenerativas, por lo que puede ser de utilidad en algunas enfermedades como el Parkinson o el Alzheimer, así como otras patologías degenerativas asociadas al estrés oxidativo.
Aunque es un suplemento bastante seguro, al igual que otras tantas cosas, no es conveniente tomarlo sin un control médico adecuado, ya que, por ejemplo, los pacientes deficitarios en Tiamina podrían tener problemas de salud si ingieren ALA sin la debida suplementación.
Podemos encontrarlo en el brócoli, levadura, espinacas, algas, vísceras, aunque su cantidad no permite que podamos conseguir los niveles adecuados sólo con eso, por lo que en muchos casos estará recomendad la suplementación.
Sobre la felicidad: reflexiones para este día
Hace muchos años que escuché por primera vez aquello de que “todos los seres sintientes deseamos ser felices”.
El anciano y enjuto lama tibetano al que le oí decir estas palabras parecía saber mucho de ello. Su forma de expresarse era sencilla, clara y evidenciando una serenidad envidiable al tiempo que su rostro esbozaba una plácida y serena sonrisa, a pesar de que quienes sabíamos algo de su vida teníamos constancia de que no había sido precisamente fácil ni sencilla. La vida de un exiliado que ha tenido que huir de un país invadido no suele serlo.
Tiempo más tarde, alguien me enseñó que en realidad la felicidad no debía ser considerada como una meta, sino que tenía mucho más que ver con el modo en el que transitamos nuestro propio camino. Es decir, la felicidad tenía más que ver con un “cómo” que con un “qué”.
La verdad es que me pareció bastante adecuada esta última opinión. Basándome en ella me di cuenta de que eso de la felicidad no era algo que estuviese fuera de nosotros, sino que se trataba más bien de un estado de nuestra mente, un estado de nuestra consciencia. Y si es verdad esto último, entonces quiere decir que depende mucho del modo en el que usamos dicha mente. De la misma forma que también quiere decir que es algo que se puede aprender y mejorar.
Entender esto es un gran avance.
Resumiendo, la cosa parece bastante obvia, todos queremos ser felices, pero el asunto es que no nos ponemos de acuerdo en qué significa exactamente eso de la felicidad, y parece que tampoco somos lo suficientemente hábiles como para alcanzar dicha felicidad de forma segura.
Según entiendo, el anhelo de alcanzar la felicidad es un deseo universal, pero cada uno lo interpreta según su peculiar manera de ver la vida. Así, hay quienes se centrarán en conseguir una vida feliz a través del logro de sus metas personales; otros en ver como triunfan sus hijos; para otros, la felicidad se basará en conseguir estabilidad económica o fortuna, etc., etc.
Pero, ¿podemos realmente ser felices?, ¡veamos!.
En la vida diaria encontramos personas que difícilmente logran ser felices por muchas cosas buenas que sucedan en su vida o a su alrededor, mientras que, también, tenemos múltiples ejemplos de lo contrario, personas que se consideran felices a pesar de que las circunstancias que le rodean sean adversas y pudieran hacernos pensar que se sentirían de otro modo.
La mayoría de las personas describen haber disfrutado de algunos momentos felices en sus vidas. Pero esto no nos parece suficiente, anhelamos la felicidad duradera, aquella que no se pierde y que se puede mantener de forma estable a pesar de los avatares que surgen cada día.
Según los que entienden de estas cosas, dicha felicidad se encuentra más fácilmente cuando buscamos en el lugar adecuado, y esto no es fuera, sino dentro de nosotros mismos, en nuestro Espacio Interior.
Si aceptamos la premisa de que la felicidad es un estado de nuestra mente, entonces quiere decir que puede ser cultivado. Así que podemos preguntarnos si es posible aprender a ser felices de una forma eficaz.
Pues los avances actuales, sobre todo en lo referente a la Psicología Positiva, nos permiten contestar afirmativamente. ¡Sí!, es posible aprenderlo.
Pero como todo aprendizaje requerirá de una dedicación (compromiso), también un método y, sobre todo, un cierto adiestramiento.
No pasamos de una mente con un modelo limitante centrado en los aspectos negativos de la existencia a una mente con un modelo potenciador así porque si, sino a través de nuestro propio esfuerzo.
Hay quienes afirman que ser felices es vivir sin miedo. Y en cierto modo también encuentro que tienen bastante razón, porque, según mi experiencia, es el miedo una de las emociones que más perturban la vida de las personas a las que suelo atender.
¿Qué sería de nuestra vida si fuésemos capaces de dar unas buenas vacaciones a nuestros miedos?
Como tantas cosas en la vida, definir la felicidad no resulta nada sencillo, como tampoco lo es definir el amor o la amistad verdadera. Sin embargo, basta con haber experimentado en alguna ocasión alguno de estos estados como para que ya no necesitemos que nadie nos los defina. Un gramo de experiencia, en estos casos, es más valiosa que cualquier definición teórica.
Así que, sea lo que sea en realidad esa cosa a la que llamamos “estar felices”, lo cierto es que conocemos la existencia de diversas condiciones que, según se ha constatado, favorecen su desarrollo, de la misma forma que existen otras condiciones que la dificulta.
Comentaré aquellas que a mi juicio considero más importantes.
Un aspecto fundamental para sentirse feliz es darle un sentido a lo que hacemos. Algunos lo llaman tener claridad, a mi me gusta llamarlo tener pasión. La pasión es lo que hace que te involucres en tu tarea de una forma que no te importa ni el tiempo ni el esfuerzo, simplemente disfrutas haciendo lo que haces porque, en ese momento, es para ti lo más importante del mundo.
Las personas que ponen pasión en sus actividades son más fácilmente felices que quienes no lo hacen.
También ayuda a conseguir la felicidad un estilo de vida saludable. No quiere decir esto que no se tengan algunas molestias o incluso alguna patología, pero si en tu vida se incluye una buena alimentación, una práctica deportiva moderada, una buena gestión del estrés y las emociones, todo marchará mucho mejor.
Otro factor importante es aprender a vivir el momento presente, ser capaz de disfrutar de cada instante. Los maestros desde la antigüedad nos han invitado a “vivir en el presente”, en “el aquí y el ahora”.
¿Cuándo tomaremos la decisión radical de dejar de una vez nuestros lastres del pasado?, porque no es posible sentirse feliz si tu mirada se enfoca sobre todo en el pasado.
También debemos tener en cuenta la importancia de ser consciente de nuestras capacidades, nuestras potencialidades y, sobre todo, lo que los psicólogos llaman ahora nuestras fortalezas, que no son más que aquellos aspectos de nuestra personalidad en la que somos brillantes, es decir, nuestras virtudes.
Por último, no debemos dejar de lado que nuestra vida se desarrolla en interacción con otras personas. Hay quienes piensan que los demás son un obstáculo, y que solos estarían más felices. Pero si, por suerte o por desgracia, les llega el momento en que experimentan esa deseada soledad, entonces resulta que no se sienten tan felices como en un principio imaginaron.
También sabemos hoy día, de manera fehaciente, que las relaciones sociales, los grupos “nutricios” y el cultivo de relaciones humanas sinceras y respetuosas constituyen un factor fundamental para conseguir personas más estables y felices.
Así que, si es cierto que, como mencioné al principio, todos los seres queremos ser felices”, no nos queda más remedio que ponernos manos a la obra y trabajar para ello cultivando todas aquellas semillas que fructificarán en estados de felicidad.
He esbozado algunas ideas para compartir con todo aquel que lo desee y, sobre todo, con quienes de verdad han asumido el reto de mejorar su existencia, sabiendo que, cuando asumimos con honestidad dicho compromiso, de forma automática, estamos contribuyendo también a mejorar la vida de todos aquellos que nos rodean.
Feliz Día Mundial de la felicidad
Éxito y fracaso
¿Cuántas veces las cosas no salen tal como esperamos? ¿En cuántas ocasiones los resultados son menores que el esfuerzo que hemos invertido en ello?
Decimos que hemos fracasado cuando lo que sucede no se corresponde con nuestras expectativas o, simplemente, cuando no conseguimos lo que nos habíamos planteado previamente.
Hay personas que viven esta experiencia de un modo limitante y sienten disminuida su autoestima. Otros, en cambio, lo experimentan de forma potenciadora como algo que sucede en sus vidas y que, por tanto, también forma parte de su proceso de aprendizaje.
¿Qué es lo que marca la diferencia para que un mismo acontecimiento pueda verse de formas tan distintas?
Se dice que fracasar es no tener éxito. Y eso, en general, no nos gusta.
En el caso de las personas perfeccionistas, esta sensación de fracaso es algo que suelen llevar bastante mal. Su error consiste en intentar eliminar el fracaso en sus vidas, pensando que pueden controlar todos los factores para ser exitosos, pero no se dan cuenta de que eso no es posible.
Fracasar no tiene por qué ser agradable, pero podemos hacer que sea provechoso, si lo transformamos en una experiencia útil ligada a nuestro proceso de aprendizaje.
Por tanto, aprender a “fracasar apropiadamente”, puede ser una de las mejores estrategias que deberíamos tener disponible en nuestro menú de recursos.
Eso quiere decir que la experiencia a la que llamamos fracaso tal vez no sea tan negativa como algunos pudieran creer en un primer momento, porque fracasar en algo nos permite aprender y adquirir importantes experiencias vitales que podrán ser utilizadas más adelante, siempre que se encuadre en un modelo funcional de aprendizaje.
Hubo una frase que se me quedó grabada en una de las películas que vi de pequeño, “Cualquier fracaso también tiene su gloria. Si te equivocas, aprovéchate” (De la película Chyti Chyti Bang Bang)
Sin embargo, en nuestra sociedad suele existir un innegable miedo al fracaso, porque la mayoría de las personas se enfocan sólo en los logros, en lugar de atender también a lo que van aprendiendo durante cualquier proceso vital. Esto se debe a que vivimos en un ambiente demasiado polarizado en la consecución de metas y de notoriedad, lo cual nos condiciona fuertemente, ya que se generan sentimientos de desvalorización o de falta autoestima cuando no se consigue lo que nos habíamos propuesto.
En nuestra cultura, existe una tendencia a valorar a las personas en función de los “logros” que obtiene, cosa que tiene su lógica, pero que se puede convertir en una limitación si no se hace de forma adecuada. Porque hay personas que llegan a ser exitosos por aquello que aprenden durante el camino y no por el resultado que obtienen a final de él.
La vida nos deparará muchas situaciones en las que queremos una cosa y sucede otra. ¿Cómo estar preparados para el fracaso y para lo inesperado? ¿Cómo estar preparados para el cambio?
En general vivimos condicionados por una sociedad que propone un éxito fácil y rápido. Los jóvenes, y los no tan jóvenes, se encuentran seducidos por una propaganda que les induce a creer que todo se puede conseguir de una manera rápida y sin demasiado esfuerzo. En general, esto es falso y, además, perjudicial, porque en la vida cuenta más el esfuerzo y la constancia que otras muchas cosas.
Pero en algunos aspectos dicha tendencia parece que va cambiando. Hoy día hay empresas que valoran mucho a quienes han sido capaces de alcanzar el éxito después de haberse sobrepuesto a algunos fracasos previos. Expertos en aprendizaje han llegado a a conclusión que es el esfuerzo más que el talento lo que permite ser exitoso a largo plazo.
¿Pero qué es el éxito?
Según decía Winston Churchil, “éxito es ser capaz de ir de fracaso en fracaso sin desesperar”.
Muy ilustrativa, también, me pareció en su día la definición que ofrecía sobre el éxito el que fue mítico entrenador de baloncesto de la universidad de UCLA, Jonh Wooden, “el éxito es la paz de la mente que es el resultado directo de la auto-satisfacción de saber que usted hizo todo el esfuerzo que pudo para conseguir lo mejor de lo que eres capaz”.
Eric Berne (el padre del Análisis Transacional), aporta también su punto de vista al respecto. Decía que “un triunfador no es al que todo le sale bien, sino quien sabe qué hacer cuando fracasa” ¿Qué te dice esta frase?
Según parece, éxito, es algo distinto de conseguir una meta. Tiene mucho más que ver en cómo gestionamos nuestros desenlaces y de qué modo conseguimos seguir aprendiendo y desarrollándonos.
El éxito o el fracaso dependen en gran medida de nuestra percepción, ya que cada uno de nosotros interpretamos la realidad según nuestro modelo.
En muchas ocasiones la línea que separa a éxito de fracaso no está tan clara. Hace unos días leía el relato de una cantante que refería “haber perdido el control de su vida”, y eso sucedió debido al enorme éxito que tuvo. Fue el éxito lo que le llevó a tener que retirarse durante siete años.
El éxito es algo que todos deseamos, pero que no se encuentra exento de numerosos peligros. También hay que aprender a gestionarlo.
Hoy día, muchas corrientes psicológicas insisten en que es necesario enseñar a los jóvenes a experimentar y gestionar el fracaso, ya que uno de los problemas de muchas personas en la actualidad es la poca capacidad para hacer frente a las frustraciones.
Nuestra biografía puede contener muchas fuentes de información acerca de cómo hemos gestionado nuestros fracasos en el pasado, y sobre las conductas que han sido más eficaces.
La palabra fracaso se encuentra cargada de muchas connotaciones negativas. Cuando una pareja se separa, se dice que el matrimonio ha fracasado. Si un negocio se cierra, se dice que el negocio ha fracasado, etc. Y todo ello se suele expresar con matices limitantes. Pero, ¿es mejor mantener lo que no funciona bien o mejor intentar cambiarlo?
Por otro lado, hay personas que sienten la sensación de fracaso porque tienen la pretensión de que las cosas que intentan le salgan a la primera.
Que las cosas salgan a la primera es posible, pero no es frecuente. Lo normal es que cuando queremos aprender algo nuevo, necesitemos realizar varios intentos para que salga aceptablemente bien. Es la repetición, la práctica y el entrenamiento lo que permite alcanzar la excelencia en una tarea.
La historia nos enseña que, con frecuencia, el éxito ha llegado después de múltiples intentos. Dichos intentos fallidos no son fracasos en sí, siempre que los gestionemos de modo apropiado.
Es el miedo al fracaso lo que impide a muchas personas que intenten algo de nuevo, quedándose con la sensación de que no pueden. Hemos de aprender a permitirnos la posibilidad de no acertar a la primera y desarrollar el coraje para intentar las veces que sena necesarias aquellas cosas por las que creemos merece la pena el esfuerzo.
Pero no quiero decir que no existan ciertos fracasos, porque desde el punto de vista de la Sofrodynamia®, sí que existen los fracasos en términos de desarrollo humano.
¿A qué me refiero?
Entendemos que fracasan aquellos que no lo intentan, quienes ante cualquier pequeño obstáculo prefieren “el sueño de la oruga” en su crisálida, en lugar del vuelo, incierto pero libre, de la mariposa.
También hablamos de fracaso cuando por el miedo a fallar abandonas tus sueños y tus metas, o cuando dejas pasar la vida sin llegar a desarrollar todo tu potencial.
Estos son los fracasos a los que deberíamos temer, ya que, como dirían los budistas, nos hacen desperdiciar el ”precioso renacimiento humano”.
Sin embargo, no deberíamos tener miedo a no estar a la altura porque otros hacen las cosas mejor. Ni tampoco a que las cosas sucedan de un modo distinto al que nos gustaría. Ni a tener que intentarlo más de una vez. No deberíamos tener miedo a luchar por aquello que merece la pena, pues todo lo valioso tiene un coste.
Las cosas son como son, pero somos nosotros quienes las transformamos en un fracasos o en una oportunidad para crecer, y a esto último bien que podríamos denominarlo como éxito.
El éxito, pues, desde el punto de vista sofrodynámico consiste no en sólo en obtener resultados, sino en aprovechar cada momento de la vida para seguir creciendo y avanzando como seres humanos.
Salud y enfermedad en Medicina Tibetana
La Medicina Tibetana (MT) es una gran desconocida en occidente. Existen razones de peso para ello. La primera es que hay muy pocos médicos tibetanos si lo comparamos con los profesionales que existen en otros tipos de medicinas.
La segunda es que los medicamentos tibetanos no se encuentran homologados por las autoridades sanitarias en occidente y son difíciles de conseguir, ya que se fabrican sólo en ciertos países orientales.
Por último, la dificultad de entender una medicina que es inseparable de la espiritualidad del pueblo tibetano.
Aunque no practico este tipo de medicina si que me he acercado a sus fundamentos y he estudiado algunos de sus aspectos, llegando a la conclusión de que son sumamente interesantes y podrían aportarnos un enfoque diferente respecto a los procesos de sanar y enfermar.
Hay un aspecto que no se debe olvidar cuando hablamos de MT, y consiste en entender que para los tibetanos toda actividad vital, y con ella la medicina, no es separable del Dharma. Se conoce como Dharma a aquel conjunto de enseñanzas transmitidas desde Buda Sakyamuni y que constituyen la esencia de la práctica budista.
Por tanto Dharma y medicina, al igual que los conceptos de curación e iluminación, son aspectos inseparables desde el punto de vista de la mentalidad tibetana.
Cuando nos acercamos a la MT, lo primero que habría que considerar es que nos encontramos frente a una medicina que podríamos denominar “sagrada”. Por eso, la práctica médica puede ser considerada como una forma elevada de práctica religiosa, ya que mediante ella tratamos de beneficiar a los seres humanos y aliviarles del sufrimiento, finalidad compartida con el Dharma budista.
Según la tradición tibetana, la enseñanza de la medicina provienen del mismo Buda Sakyamuni, el cual, en forma de Bhaisajyaguru (Sam-la), enseñó dicho arte a cuatro grupos de discípulos: los rishis, los no budistas, los dioses y los budistas.
Las enseñanzas de Buda fueron recogidas en dos diferentes sistemas: los Sutras y los Tantras. En lo referente a la medicina, podemos decir que los Sutras recogen el aspecto somático o corporal del tratamiento de las enfermedades, mientras que los Tantras recogen el aspecto alquímico o transformacional del ser.
Así, desde los orígenes de su práctica, los médicos tibetanos utilizaron la medicina somática para tratar aspectos comunes de las enfermedades y el Sistéma Tántrico de curación para tratar los aspectos sutiles de las mismas.
Históricamente el aspecto técnico de la MT fue tomando cuerpo a finales del siglo VII de nuestra era, gracias al monarca tibetano Songtsen Gampo, el cual se propuso la tarea de reunir en el Tíbet lo mejor del conocimiento científico de la época en el campo de la salud.
Para ello se organizó un gran encuentro entre todos los más destacados representantes de la ciencia médica de entonces, una especie de lo que hoy sería un congreso multidisciplinar, con los mejores expertos de las diferentes culturas vecinas e incluso lejanas. Reunidos en Tíbet durante un largo periodo, compilaron todo el saber médico de la época.
La MT está formada, pues, por un complejo sistema de conocimientos diversos en los que se agrupan los elementos más destacados de las medicinas tradicionales cercanas. Es por eso que se encuentran contenidos elementos tan dispares como la anatomía y fisiología humoral de la Medicina Griega, los conocimientos del Prana de la Medicina Ayurvédica, así como descripciones sobre la circulación energética y gran cantidad de remedios de la medicina China, incluso el concepto del Yin y del Yang y una peculiar forma de moxa y acupuntura. También encontramos aportaciones de las terapias externas de la medicina Nepalí y de Mongolia.
El conjunto de las enseñanzas médicas se encuentran recogidos en los llamados Cuatro Tantras. Estos escritos se redactaron en India, aproximadamente hacia el siglo V a.C., siendo posteriormente traducidos al tibetano y corregidos en el siglo VIII d.c. por Yuthok Yonten Gompo.
Según la tradición tibetana, de la garganta de Buda Sakyamuni emanó Amithaba, uno de los Dhyani Budas, quien conociendo el sufrimiento de las personas le pidió al Buda que diera enseñanzas sobre medicina, como una forma de aliviar el sufrimiento de los seres. Cada uno de estos cuatro Tantras fue escrito por uno de los otros cuatro Dhyani Budas (Amogashidi, Ratnasambava, Aksobya y Vairochana).
La MT está formada por un conjunto de conocimientos en los que una gran parte están basados en una minuciosa observación clínica y el seguimiento empírico de los casos y, por otra, y sin que pueda diferenciarse, los elementos creenciales con los que forman una auténtica unidad.
Según la MT existen 84.000 diferentes enfermedades que pueden ser clasificadas en 404 grupos. Cada uno de esos grupos se dividen en bloques de 101 padecimientos.
La MT se basa en una concepción energética del ser humano y una fisiología de tipo humoral. Para MT existen tres humores: bilis, flema y viento, cuya correcta combinación va a permitir el estado de salud del ser humano, y cuya perturbación nos conduce a la enfermedad.
Estos humores corresponden a tres tipos de energía que al mezclarse constituyen la base de los cinco agregados en los que se compone el ser humano (el agregado de la forma, el agregado de las sensaciones, el agregado de la consciencia, el agregado de la discriminación y el agregado de los factores composicionales).
Cada uno de los humores pueden verse afectados por la acción de los llamados “venenos raíces” (odio, Ignorancia y apego), denominados de esta manera por ser las causas básicas o raíces en las que se fundamenta el sufrimiento de la existencia humana. Así el odio afecta a la bilis, la ignorancia a la flema y el apego al viento.
Por la combinación de los anteriores aparecen los celos y el miedo, y el orgullo y avaricia. La combinación de todos ellos va a dar lugar a todos los demás venenos mentales.
Desde este punto de vista podemos resumir que por la acción de un veneno mental se produce una perturbación en uno de los humores, lo cual repercute en el equilibrio de los demás y esto da lugar a un estado de perturbación y enfermedad en el ser humano.
Por esto, desde el punto de vista de la tradición tibetana, si queremos volver a recuperar nuestra salud desde los aspectos más profundos, no es suficiente con que tratemos los síntomas correctamente, sino que hay que llegar hasta las causas últimas, es decir, hay que neutralizar los venenos mentales que van a causarnos el problema.
Sabemos que para neutralizar un veneno, lo más correcto es utilizar un antídoto. Así, según la tradición budista, disponemos de cinco antídotos principales: la compasión, la sabiduría, la satisfacción, la generosidad y el regocijo.
Es por esto que trabajar en el desarrollo de cada una de estas cualidades nos va a alejar cada vez más del veneno correspondiente.
Desarrollar cada cualidad hasta su potencialidad máxima es equivalente a desarrollar el aspecto sanador de cada uno de los cinco Budas Dhyani con los que se relaciona. En esto se basa la PANg- Autocuración-II del Sistema Ngalso.
Las cualidades que tratamos de desarrollar mediante dicha práctica son:
El desarrollo de la sabiduría que corresponde a Vairochana,
La satisfacción que corresponde a Amithaba,
La compasión que corresponde a Aksobya,
La generosidad que corresponde a Ratnasambava
El regocijo que corresponde a Amogasidhi.
Podemos entender que en cierto nivel, cada Dhyani Buda, representa un estado purificado de la consciencia donde predomina dicha cualidad y purifica totalmente el veneno mental correspondiente.
Llegado a este punto es muy importante advertir que debemos diferenciar entre lo que es el contenedor y el contenido, es decir, el recipiente en el que se contiene una enseñanza y la esencia de las enseñanzas en sí.
En este caso el contenedor es la tradición y la cultura tibetana, y el contenido un conjunto de preciosas enseñanzas que, sin necesidad de asumir total o parcialmente el contenedor, nos pueden ayudar al desarrollo personal y a nuestra salud, aquí, ahora, en nuestra cultura y en nuestro mundo.
Considero fundamental no caer en el error que se ha venido repitiendo a lo largo de la historia de la humanidad que por desconocer o por no compartir el recipiente se ha perdido también el contenido.
Así, en un formato ancestral y con un lenguaje que nos puede resultar extraño, ha llegado hasta nosotros una tradición médica en la que la curación física, emocional y espiritual caminan de la mano. Si somos capaces de superar las barreras culturales que nos separan, podremos encontrar en la Medicina Tibetana un profundo tesoro de sabiduría y de paz.
Editorial de marzo 2014
Con bastante frecuencia me acude a la mente aquello que me contaron en mi adolescencia, cuando por entonces estudiaba filosofía en el bachiller, acerca del famoso filósofo griego Heráclito de Éfeso, también llamado El Oscuro, así como lo concerniente a su Filosofía del Devenir.
Dicho filósofo afirmaba aquello de que “nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”, “todo pasa, nada permanece”. ¡Qué razón tenía el griego!
Casi por el mismo tiempo que Heráclito, en otra parte del mundo, en los recónditos parajes del norte de la India, otro famoso personaje, Sidharta Gautama, el Buda, predicaba su doctrina de la Impermanencia.
Claro que ni el enigmático de Heráclito, ni tampoco el buenazo de Buda, conocieron a nuestros políticos actuales. Porque de haberlos conocido, sus doctrinas hubiesen quedado en entredicho. Tal vez ni se habrían atrevido a formularlas. Ya que a pesar de las evidencias sobre el devenir de las cosas y de la impermanencia de los fenómenos, hay algo que, según parece, permanece inmutable en el universo en general y en nuestras vidas en particular, la ineptitud y la mediocridad de la clase política que nos rodea, ya sea por babor o por estribor.
Pero salvando esta excepción, se podría afirmar que todo lo demás que existe en el mundo lo hace de modo impermanente.
Un día sucede a otro día, un mes a otro mes, un año a otro año, y aunque experimentamos un universo cíclico de estaciones anuales, ninguna es igual a la anterior…“todo pasa, nada permanece”.
Y no sólo porque cada minuto es distinto al que minuto le precedió, sino porque también nosotros somos distintos y percibimos la realidad con matices diferentes.
Por eso nunca leerás dos veces el mismo libro, ni tampoco encontrarás al mismo amigo del que te despediste, porque a la vuelta, tú ya no serás el mismo y tu amigo tampoco.
Pero a nuestra mente común no le gusta demasiado esta experiencia de impermanencia, tal vez por ello tienda a querer hacer estables e inmutables lo que por naturaleza no lo es.
En ese juego entre esencias y apariencias generamos mucha confusión y no poco sufrimiento.
Pero a lo largo de cientos de años hemos recibido enseñanzas para ayudarnos a transcender los errores de nuestra mente. Así, los maestros de todos los tiempos se esforzaron en enseñarnos a vivir el momento presente como único e irrepetible. Nos han transmitieron diversos métodos para hacer de cada instante una verdadera experiencia de eternidad, así como para enseñarnos a vivir la seguridad y la estabilidad en un mundo que no es ni seguro ni estable y para que, entre otras muchas cosas, aprendamos a experimentar el amor desinteresado por todo lo creado mediante la práctica del no aferramiento.
Así que cuando volteamos una nueva página del calendario para inaugurar un recién nacido mes, en este caso marzo, se nos propone con ello una maravillosa oportunidad para tomar consciencia de ese “devenir de las cosas”.
Obviamente, ante el paso del tiempo que marcan los meses del calendario, uno se lo puede tomar de muchas maneras. Podemos vivirlo como un mes menos que nos queda de vida o como un mes más que tenemos la fortuna de haber vivido. Ambas cosas son ciertas, pero el hecho de verlo de una u otra manera puede marcar la diferencia en nuestro interior.
Cada instante es, pues, una oportunidad para el crecimiento y para el aprendizaje y, en el caso del presente mes de marzo, para hacer más énfasis en el cambio y la impermanencia, ya que no sólo cambiamos de mes sino también de estación del año.
Parece que en algunos momentos de estos pasados días el aire se hubiese vuelto más cálido y suave, al tiempo que transportaba ciertos aromas florales de forma sutil, preludio de una próxima y espero que agradable primavera, aunque todavía durante unos día arrastraremos los últimos coletazos de un invierno que se despide y lucha por no abandonarnos.
En estos días se puede percibir un evidente cambio de energía en la naturaleza, propio de los momentos que preceden a la primavera. Pero sólo si abres tus sentidos y te dejas inundar por dicha energía podrás experimentarla y entenderás perfectamente de qué estoy hablando.
Es posible percibirla como una energía alegre, cantarina diría yo, que tiende a la risa y a la expansión, preludio de la eclosión vital ha de llegar.
En la entrada de mi casa floreció ya hace unos días el Jazmín de Invierno. Al traspasar la puerta de entrada me recibe con el regalo de su aroma y su belleza cada vez que vuelvo al hogar.
Marzo, como los demás meses del año, también nos proponen algunas fechas dignas de mención. Para mi, las más significativas son el día 8 de marzo, Día Mundial de la Mujer Trabajadora, el 19 de marzo Día del Padre y el 22 de marzo Día Mundial del Agua.
La primera de ella, el Día Mundial de la Mujer Trabajadora, considero que es una fecha especialmente importante para tener presente el papel de la mujer en nuestra sociedad y su aportación a lo largo de la historia. Es como una especie de momento “fuerte” para incentivarnos a seguir trabajando en los distintos ámbitos sociales por esa igualdad de derechos a la que todos aspiramos.
La segunda, la del Día del Padre, además del aspecto genérico en el que tratamos de recordar y agradecer la importancia y el esfuerzo de lo que significa para los hijos la figura paterna, en mi caso existe un interés personal especial, confieso que algo interesado, que surge de la esperanza de recibir algunos regalitos especiales por parte de mi familia. Hasta ahora siempre me han agasajado más que de sobra, y espero con ilusión que este año también suceda.
Hay algunas voces que se alzan en contra del Día del Padre, del de la Madre, de San Valentin… y siempre con la misma cantinela…”ha sido un invento de los Centros Comerciales, en especial del Corte Inglés, para vender cosas”.
Yo creo que no es cierto eso, pero si lo fuera, me da igual. Porque no es necesario comprar nada para regalar o para agradecer. Pero, además, en un mundo como en el que vivimos, en el que abunda el egoísmo y la falta de agradecimiento, celebrar el amor o la gratitud hacia quienes nos dieron la vida, es algo que no deberíamos dejar pasar bajo ningún concepto, aunque sea el Corte Inglés, Bill Gates o Periquillo de los Palotes, quienes lo propusieran.
Recuerdo de mi infancia, y de eso hace ya muchos años, que mi madre me dejaba un regalito, normalmente modesto, no había para más, un masaje para después del afeitado, una colonia o similar, para que se la entregase a mi padre en esos días. Él lo recibía con ilusión y fingía esa especie de sorpresa que un niño siempre agradecía.
Pienso que el día del Padre, de no haberlo inventado alguna empresa comercial lo hubiese hecho mi madre, ya que fue siempre un ejemplo de agradecimiento para todos los que estuvimos a su lado.
Y como yo viví su ejemplo, creo que si el día del Padre, o de la Madre, no hubiesen estado en el calendario, hubiese buscado alguna oportunidad en cualquier otra fecha para celebrarlo.
Además, si hay partidarios de organizar celebraciones tan peculiares como la del pasado 4 de febrero, “Día del Orgullo Zombie”, ¿cómo no va a haber un Día del Padre?, ¡qué menos!
Respecto a la celebración del Día Mundial del Agua, es bueno que recordemos, al menos un día al año, la importancia de un bien tan preciado, necesario y limitado como es el agua. La intención de las Naciones Unidas al promover dicho día fue la de ayudarnos a tomar consciencia de la importancia de la conservación y la buena gestión de nuestros recursos hídricos.
Dada la importancia que tiene el agua para la vida en el planeta, considero que cualquier actividad que nos ayude a promover actitudes ecológicas al respecto han de ser bienvenidas.
Un avanzado en estos aspectos ha sido el alcalde de mi ciudad, Málaga, quien hace unas semanas se hizo famoso en la prensa por su derroche de austeridad al afirmar, mediante un experimento riguroso y contrastado, que gastaba once litros de agua a la hora de ducharse.
Y yo, que soy más o menos de su misma altura, me he quedado anonadado porque he de confesar que gasto unos cuantos litros más. No he tenido el impulso científico de medirlo, pero seguro que muchos más. Esto me ha producido una cierta turbación y no poco desasosiego interior, de tal modo que me he propuesto seguir los pasos de mi edil.
Animado por el ejemplo del máximo representante ciudadano, me he puesto manos a la obra a la hora de ahorrar el líquido elemento, y en estos momentos me encuentro practicando el lavado de manos y cara con el contenido de agua de un dedal, aunque he de reconocer que me quedo algo pegajosillo y he de recurrir después a las toallitas perfumadas para mejorar mi acicale y salir a la calle con cierta dignidad en el aseo. No obstante, no dudo en mejorar y transformar dicha práctica en todo un logro medioambiental.
Además de lo anterior, y como muestra del impulso que ha supuesto para mi el ejemplo del alcalde, me he propuesto, también, para este verano, practicar buceo ya no en la piscina, ni en la playa, sino en el cubo de fregar, eso sí, apartando previamente el palo de la fregona para evitar accidentes mayores. Pienso que las piernas me quedarán colgado del borde borde del cubo, y tal vez un podo doblado el cuello, pero no ha de ser esto impedimento alguno para frenar mi ansia de superación ecológica.
Caso de que lo consiga, me pondré en contacto con el departamento oportuno de mi ayuntamiento para que tomen nota y, por los medios más apropiados, estimulen a los ciudadanos y ciudadanas a ese ahorro hídrico tan beneficioso para todos y todas.
Y es que, lo que es algo importante y necesario, como es la gestión de los recursos en general y del agua en particular, evitando los despilfarros innecesarios, cuando lo coge un político entre sus manos, se puede tornar en algo grotesco y caricaturesco.
¡Qué estos asuntos mundanos no turben en nuestro corazón, ni tampoco la entrada de la ya próxima primavera!
Feliz marzo
EDITORIAL DE MARZO DE 2014
Con bastante frecuencia me acude a la mente aquello que me contaron en mi adolescencia, cuando por entonces estudiaba filosofía en el bachiller, acerca del famoso filósofo griego Heráclito de Éfeso, también llamado El Oscuro, así como lo concerniente a su Filosofía del Devenir.
Dicho filósofo afirmaba aquello de que “nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”, “todo pasa, nada permanece”. ¡Qué razón tenía el griego!
Casi por el mismo tiempo que Heráclito, en otra parte del mundo, en los recónditos parajes del norte de la India, otro famoso personaje, Sidharta Gautama, el Buda, predicaba su doctrina de la Impermanencia.
Claro que ni el enigmático de Heráclito, ni tampoco el buenazo de Buda, conocieron a nuestros políticos actuales. Porque de haberlos conocido, sus doctrinas hubiesen quedado en entredicho. Tal vez ni se habrían atrevido a formularlas. Ya que a pesar de las evidencias sobre el devenir de las cosas y de la impermanencia de los fenómenos, hay algo que, según parece, permanece inmutable en el universo en general y en nuestras vidas en particular, la ineptitud y la mediocridad de la clase política que nos rodea, ya sea por babor o por estribor.
Pero salvando esta excepción, se podría afirmar que todo lo demás que existe en el mundo lo hace de modo impermanente.
Un día sucede a otro día, un mes a otro mes, un año a otro año, y aunque experimentamos un universo cíclico de estaciones anuales, ninguna es igual a la anterior…“todo pasa, nada permanece”.
Y no sólo porque cada minuto es distinto al que minuto le precedió, sino porque también nosotros somos distintos y percibimos la realidad con matices diferentes.
Por eso nunca leerás dos veces el mismo libro, ni tampoco encontrarás al mismo amigo del que te despediste, porque a la vuelta, tú ya no serás el mismo y tu amigo tampoco.
Pero a nuestra mente común no le gusta demasiado esta experiencia de impermanencia, tal vez por ello tienda a querer hacer estables e inmutables lo que por naturaleza no lo es.
En ese juego entre esencias y apariencias generamos mucha confusión y no poco sufrimiento.
Pero a lo largo de cientos de años hemos recibido enseñanzas para ayudarnos a transcender los errores de nuestra mente. Así, los maestros de todos los tiempos se esforzaron en enseñarnos a vivir el momento presente como único e irrepetible. Nos han transmitieron diversos métodos para hacer de cada instante una verdadera experiencia de eternidad, así como para enseñarnos a vivir la seguridad y la estabilidad en un mundo que no es ni seguro ni estable y para que, entre otras muchas cosas, aprendamos a experimentar el amor desinteresado por todo lo creado mediante la práctica del no aferramiento.
Así que cuando volteamos una nueva página del calendario para inaugurar un recién nacido mes, en este caso marzo, se nos propone con ello una maravillosa oportunidad para tomar consciencia de ese “devenir de las cosas”.
Obviamente, ante el paso del tiempo que marcan los meses del calendario, uno se lo puede tomar de muchas maneras. Podemos vivirlo como un mes menos que nos queda de vida o como un mes más que tenemos la fortuna de haber vivido. Ambas cosas son ciertas, pero el hecho de verlo de una u otra manera puede marcar la diferencia en nuestro interior.
Cada instante es, pues, una oportunidad para el crecimiento y para el aprendizaje y, en el caso del presente mes de marzo, para hacer más énfasis en el cambio y la impermanencia, ya que no sólo cambiamos de mes sino también de estación del año.
Parece que en algunos momentos de estos pasados días el aire se hubiese vuelto más cálido y suave, al tiempo que transportaba ciertos aromas florales de forma sutil, preludio de una próxima y espero que agradable primavera, aunque todavía durante unos día arrastraremos los últimos coletazos de un invierno que se despide y lucha por no abandonarnos.
En estos días se puede percibir un evidente cambio de energía en la naturaleza, propio de los momentos que preceden a la primavera. Pero sólo si abres tus sentidos y te dejas inundar por dicha energía podrás experimentarla y entenderás perfectamente de qué estoy hablando.
Es posible percibirla como una energía alegre, cantarina diría yo, que tiende a la risa y a la expansión, preludio de la eclosión vital ha de llegar.
En la entrada de mi casa floreció ya hace unos días el Jazmín de Invierno. Al traspasar la puerta de entrada me recibe con el regalo de su aroma y su belleza cada vez que vuelvo al hogar.
Marzo, como los demás meses del año, también nos proponen algunas fechas dignas de mención. Para mi, las más significativas son el día 8 de marzo, Día Mundial de la Mujer Trabajadora, el 19 de marzo Día del Padre y el 22 de marzo Día Mundial del Agua.
La primera de ella, el Día Mundial de la Mujer Trabajadora, considero que es una fecha especialmente importante para tener presente el papel de la mujer en nuestra sociedad y su aportación a lo largo de la historia. Es como una especie de momento “fuerte” para incentivarnos a seguir trabajando en los distintos ámbitos sociales por esa igualdad de derechos a la que todos aspiramos.
La segunda, la del Día del Padre, además del aspecto genérico en el que tratamos de recordar y agradecer la importancia y el esfuerzo de lo que significa para los hijos la figura paterna, en mi caso existe un interés personal especial, confieso que algo interesado, que surge de la esperanza de recibir algunos regalitos especiales por parte de mi familia. Hasta ahora siempre me han agasajado más que de sobra, y espero con ilusión que este año también suceda.
Hay algunas voces que se alzan en contra del Día del Padre, del de la Madre, de San Valentin… y siempre con la misma cantinela…”ha sido un invento de los Centros Comerciales, en especial del Corte Inglés, para vender cosas”.
Yo creo que no es cierto eso, pero si lo fuera, me da igual. Porque no es necesario comprar nada para regalar o para agradecer. Pero, además, en un mundo como en el que vivimos, en el que abunda el egoísmo y la falta de agradecimiento, celebrar el amor o la gratitud hacia quienes nos dieron la vida, es algo que no deberíamos dejar pasar bajo ningún concepto, aunque sea el Corte Inglés, Bill Gates o Periquillo de los Palotes, quienes lo propusieran.
Recuerdo de mi infancia, y de eso hace ya muchos años, que mi madre me dejaba un regalito, normalmente modesto, no había para más, un masaje para después del afeitado, una colonia o similar, para que se la entregase a mi padre en esos días. Él lo recibía con ilusión y fingía esa especie de sorpresa que un niño siempre agradecía.
Pienso que el día del Padre, de no haberlo inventado alguna empresa comercial lo hubiese hecho mi madre, ya que fue siempre un ejemplo de agradecimiento para todos los que estuvimos a su lado.
Y como yo viví su ejemplo, creo que si el día del Padre, o de la Madre, no hubiesen estado en el calendario, hubiese buscado alguna oportunidad en cualquier otra fecha para celebrarlo.
Además, si hay partidarios de organizar celebraciones tan peculiares como la del pasado 4 de febrero, “Día del Orgullo Zombie”, ¿cómo no va a haber un Día del Padre?, ¡qué menos!
Respecto a la celebración del Día Mundial del Agua, es bueno que recordemos, al menos un día al año, la importancia de un bien tan preciado, necesario y limitado como es el agua. La intención de las Naciones Unidas al promover dicho día fue la de ayudarnos a tomar consciencia de la importancia de la conservación y la buena gestión de nuestros recursos hídricos.
Dada la importancia que tiene el agua para la vida en el planeta, considero que cualquier actividad que nos ayude a promover actitudes ecológicas al respecto han de ser bienvenidas.
Un avanzado en estos aspectos ha sido el alcalde de mi ciudad, Málaga, quien hace unas semanas se hizo famoso en la prensa por su derroche de austeridad al afirmar, mediante un experimento riguroso y contrastado, que gastaba once litros de agua a la hora de ducharse.
Y yo, que soy más o menos de su misma altura, me he quedado anonadado porque he de confesar que gasto unos cuantos litros más. No he tenido el impulso científico de medirlo, pero seguro que muchos más. Esto me ha producido una cierta turbación y no poco desasosiego interior, de tal modo que me he propuesto seguir los pasos de mi edil.
Animado por el ejemplo del máximo representante ciudadano, me he puesto manos a la obra a la hora de ahorrar el líquido elemento, y en estos momentos me encuentro practicando el lavado de manos y cara con el contenido de agua de un dedal, aunque he de reconocer que me quedo algo pegajosillo y he de recurrir después a las toallitas perfumadas para mejorar mi acicale y salir a la calle con cierta dignidad en el aseo. No obstante, no dudo en mejorar y transformar dicha práctica en todo un logro medioambiental.
Además de lo anterior, y como muestra del impulso que ha supuesto para mi el ejemplo del alcalde, me he propuesto, también, para este verano, practicar buceo ya no en la piscina, ni en la playa, sino en el cubo de fregar, eso sí, apartando previamente el palo de la fregona para evitar accidentes mayores. Pienso que las piernas me quedarán colgado del borde borde del cubo, y tal vez un podo doblado el cuello, pero no ha de ser esto impedimento alguno para frenar mi ansia de superación ecológica.
Caso de que lo consiga, me pondré en contacto con el departamento oportuno de mi ayuntamiento para que tomen nota y, por los medios más apropiados, estimulen a los ciudadanos y ciudadanas a ese ahorro hídrico tan beneficioso para todos y todas.
Y es que, lo que es algo importante y necesario, como es la gestión de los recursos en general y del agua en particular, evitando los despilfarros innecesarios, cuando lo coge un político entre sus manos, se puede tornar en algo grotesco y caricaturesco.
¡Qué estos asuntos mundanos no turben en nuestro corazón, ni tampoco la entrada de la ya próxima primavera!
Feliz marzo
Consejos sofrodynámicos para mejorar la autoestima
Aunque muchos problemas de autoestima son fruto de lo que pensamos, no deberíamos de olvidar que la autoestima se cultiva también a través del hacer y del sentir. Por tanto, estas tres dimensiones han de estar presentes dentro de nuestro enfoque para ayudar a desarrollar una autoestima más sana basada en el propio autoconocimiento.
A continuación expongo algunos consejos sofrodynámicos para mejorar nuestra autoestima.
Dichos puntos no debieran de entenderse como una lista de recetas, sino que cada punto en realidad no e´s más que una de propuesta de trabajo, un reto al que dar respuesta mediante la práctica de una serie de estrategias, las cuales solemos trabajar en los grupos de entrenamiento. Sigue leyendo
Sofrodynamia®: los orígenes
En más de una ocasión me han preguntado cómo se me ocurrió crear esto de la Sofrodynamia®. La respuesta no es sencilla porque en realidad no fue ninguna ocurrencia, ni tampoco una especie de invento cualquiera, sino que tuvo y tiene mucho que ver con mi proceso personal de crecimiento y desarrollo humano y, como tal, es una cuestión larga y compleja para explicar, debido sobre todo a que a estas alturas son ya muchos los años vividos que he dedicado a estos asuntos. Sigue leyendo
Editorial de febrero 2014
Dejamos atrás un mes, enero, que además de frío, nieve, lluvia y cuadros catarrales y gripales, nos ha traído también algunos datos esperanzadores sobre una supuesta recuperación de la economía.
La prima de riesgo se estabiliza a la baja, el último trimestre del año se cierra en positivo, el turismo alcanza niveles históricos, los datos de la Encuesta de Población Activa parecen marcar un cambio de tendencia, incluso se escuchan voces que nos hablan del comienzo de la salida de la crisis.
Sin embargo, hay algo que no me cuadra. Porque con todos esos buenos datos, que lo son, los trabajadores siguen ganando menos, pagando más impuestos, nos suben la electricidad, el agua y no sé cuántas cosas más… y entonces me pregunto ¿recuperación para quién?
¡Ah, sí!, no me acordaba que hace poco el señor Botín les comunicó a sus accionistas del Banco de Santander que había duplicado sus beneficios en el 2013 (año éste de crisis por cierto, ¿pero de crisis para quién?). El montante asciende a unos 4.370 milloncillos de euros de nada. ¡La de cosas que se podrían arreglar sólo con esos “beneficios de más”!
En fin, ya saben ustedes que tengo pocos conocimientos de economía y por eso tal vez no llegue a comprender ciertas cosas muy profundas, pero hasta donde mi mente alcanza, la cosa queda como sigue: cuando falta dinero pagamos nosotros, pero cuando sobra se lo llevan otros.
En este punto me viene a la memoria unas coplas de Baguala que cantaba el mítico grupo Quilapayún, que más o menos decía así en una de sus estrofas:
Si no protesto me explotan
y si protesto voy preso,
pa’ los de abajo la caja
y pa’ los de arriba el queso.
Claro que eso se lo oíamos cantar allá por los años setenta. Y cuando lo escuchábamos pensábamos entonces que esa especie de “canción protesta” se refería a Chile de Pinochet, a la Argentina de Videla o a la España de Franco. Lo que no podíamos imaginar por entonces es que estas estrofas, cuarenta años después, y de más de treinta y cinco años de democracia, pudieran seguir siendo vigentes en la España actual.
Pero ahora toca centrarse en reflexionar sobre aquello que nos traerá el nuevo mes que comienza, febrero.
Conocido como “el loco” por sus inesperados y bruscos cambios de tiempo, unas veces hace honor a su nombre y otras en cambio no, y transcurre como una especie de preludio de la primavera. A ver como se presenta este año.
A nivel sanitario, los medios de comunicación han insistido en un posible repunte respecto al número de casos de cuadros gripales en este mes, alertando o, mejor dicho, alarmando, sobre los efectos de la misma.
Sin embargo, cuando recurrimos a los datos epidemiológicos oficiales y los comparamos con las estadísticas anuales, nos encontramos que la incidencia es menor o igual a la de años anteriores. Entonces, ¿a qué viene tanta alarma se preguntará alguno? Pues eso mismo me pregunto yo.
¿Acaso normalmente salen cada día en las portadas de prensa o en las noticias de radio y televisión las personas que mueren o están en la UCI por un accidente vascular cerebral o por cualquier otra enfermedad?, la respuesta es sencilla, ¡no! Entonces, ¿por qué sale en la primera página de los periódicos y abriendo los informativos nacionales, esos mismos datos referidos a la gripe? Esto no hace mas que generar miedo y alarma en la población.
Pues posiblemente por una sencilla razón. Porque hay una vacuna que vender y muchas dosis osemtalvir (Tamiflu®) almacenadas que habrá que gastar, ¿no?, las cuales se compraron cuando lo de la tomadura de pelo de la famosa pandemia de Gripe A del 2010.
Con esto no estoy quitando importancia a la posible gravedad de muchos cuadros, ni tampoco negando la aparición de casos mortales. Lo único que digo es que son los mismos que en cualquier otro año normal, como afirmaba en una entrevista al diario Sur la Jefa de Salud de la Delegación Provincial de Málaga. Y repito, entonces ¿a qué tanta alarma?
Tengo una hipótesis. La patente del osemtalvir (Tamiflu®), producto que se recomienda para tratar la gripe A, le caduca al laboratorio Roche en el 2016. Eso quiere decir que a partir de esa fecha otros laboratorios podrían fabricarlo, abaratar el precio y competir en el mercado en la venta de ese producto, medicamento, por cierto, de más que dudosa eficacia.
Por tanto, de aquí a esa fecha, es decir, este año y los dos que vienen, intuyo que nos van a intentar asustar por todos los medios para que se consuma más. Porque ya se sabe, una buena dosis de miedo hacia una enfermedad es un fantástico medio para incrementar la venta de ciertos productos.
Creo que además de protegerse de las enfermedades tendríamos que plantearnos promocionar la salud. Parece lo mismo pero no lo es.
Desde mi punto de vista, es muy importante cuidar la alimentación incrementando la cantidad de frutas, verduras y alimentos ricos en productos antioxidantes. Realizar ejercicio físico moderado, cuidar nuestros ciclos de descanso y mantener una actitud mental positiva. Éstas son herramientas especialmente útiles para mantener un buen nivel de salud.
En los momentos de mayor incidencia de patologías virales es bastante aconsejable tomar ciertos productos que incrementan la eficacia de nuestro sistema inmunitario frente a ellos.
Existen productos de alta calidad para ayudarnos a mantener una buena salud en el ámbito de la fitoterapia, de los oligoelementos, de la micoterapia y también conocidos medicamentos homeopáticos que han mostrado su eficacia en miles de pacientes en la prevención y el tratamiento de cuadros virales.
Por tanto, tenemos más herramientas de las que a veces pensamos para mejorar nuestras defensas y mantener un buen estado de salud.
Un conocido estudio demostró que el miedo bloquea el sistema inmunitario. A unos estudiantes se les proyectó una película de risa, mientras que a otros les pusieron una de miedo. Después se midieron los niveles de IgA, que es la inmunoglobulina que se encuentra en las secreciones y las mucosas, y que nos protegen contra las agresiones que padecemos por vía respiratoria o digestiva, antes de que penetren a la sangre. Los que vieron la película de risa incrementaron sus niveles, mientras que quienes vieron la de miedo lo disminuyeron.
Por tanto, no deberíamos olvidar el hecho comprobado de que el miedo debilita nuestras defensas y nos hacen más susceptibles de padecer ciertas patologías, mientras que reír y disfrutar de la vida nos hace más resistentes.
Así, quienes pretendan cuidar su salud un poco más habrán de procurar alejar de sus mentes el miedo y procurarse actividades, lecturas y compañías con las que disfrutar.
Feliz Febrero
