Me resulto curioso cuando hace años escuché decir a Lama Gangchen Rimpoché que la primera palabra que había aprendido al venir a occidente fue la palabra “problema”.
Cada uno que se acerca a mí me dice, “Lama, tengo un problema”- comentaba Rimpoché, mientras sonreía.
Me resultó extraño comprobar como los occidentales, con su alto nivel de vida, sentían que tenían muchos problemas- continuó diciendo.
No había reparado hasta entonces en este hecho, pero lo cierto es que a partir de fijarme en ello un poco más, no pude sino constatar cuánta razón tenía Lama Gangchen. Sigue leyendo
Autoconocimiento y desarrollo humano
Cinco posturas ante el sufrimiento
Tratar de clasificar a las personas en función de sus características físicas, psicológicas o reaccionales, se ha venido utilizando a lo largo del tiempo por diversos autores con la intención de comprender, o explicar mejor, algunos aspectos de los seres humanos y también para buscar posibles soluciones eficaces, en función de las características de cada tipo.
Como la mayoría de las cosas, esto tiene sus ventajas y sus inconvenientes, ya que todo intento de clasificación respecto a una realidad tan compleja como el ser humano, resulta bastante complicado de llevar a cabo de una forma que resulte completa, precisa y clara.
A pesar de las limitaciones que puedan aparecer en todo intento clasificatorio, existe una que suelo utilizar en algunos grupos de Sofrodynamia®, porque me resulta especialmente útil, sobre todo en lo que se refiere a la toma de consciencia de nuestra situación actual.
El planteamiento es el siguiente, vamos a tratar de establecer diferentes grupos de personas en función de su actitud ante el sufrimiento y las posibles soluciones relacionadas con el proceso de desarrollo.
Desde este punto de vista, diferenciamos varios tipos distintos y, en función de en qué grupo te encuadras, tu manera de estar en el mundo será también distinta.
LOS CINCO TIPOS DE SERES EN FUNCIÓN DEL SUFRIMIENTO:
- Las personas que pueden seguir sufriendo porque todavía son capaces de aguantar más, es decir, en el momento actual no están suficientemente hartos de sufrir. Obviamente, no hacen nada para salir de donde se encuentran. Su estrategia común suele ser la excusa.
- Las personas que no quieren sufrir más pero que no están dispuestas a cambiar. Ellos pretenden que cambien los demás. Son prolíficos en las quejas y reproches, y su planteamiento es que ellos sufren porque otros le hacen sufrir, por tanto, son los otros los que han de cambiar.
- Las personas que quieren cambiar pero no quieren asumir el coste del proceso, ni tampoco realizar el esfuerzo que ello conlleva. Se encuentran atrapados por las inercias o los automatismos. En ocasiones carecen del valor necesario para afrontar nuevos retos. Suelen ser partidarios del “más vale lo malo conocido…”
- Los que pueden asumir el coste pero ahora no tienen tiempo para hacerlo. Están muy liados con sus cosas, ya comenzarán otro día. Estas personas buscan sólo un alivio inmediato para seguir funcionando en el torbellino de sus actividades diarias, pensando, ilusamente, que un día lejano tendrán tiempo para mejorar.
- Los que no quieren sufrir más y además quieren cambiar, también son capaces de asumir el coste de dicho proceso y comprenden que han de comenzar ya. Estos son los auténticos buscadores, aquellos que han renunciado radicalmente a sufrir. Aquellos que se ponen en marcha para transformar su vida y que, además, son capaces de mejorar el ambiente que les rodea. Son ellos los que, más temprano que tarde, obtendrán el fruto a su esfuerzo.
¿En qué grupo te encuadras? Piénsalo bien antes de responder.
Desarrollar el potencial, un camino a la curación
Me encanta volver a escuchar de vez en cuando un texto de Facundo Cabral que se titula ”Usted no está deprimido, está distraído”. El autor expone una visión especialmente positiva de lo que somos los seres humanos y de toda la belleza que nos rodea, y de como la depresión es un estado que aparece porque nos distraemos de toda esa verdadera realidad y nos enfocamos en otros asuntos. Suelo aconsejar a muchas personas que lo escuchen. El video es posible hallarlo en internet.
Y me gusta recordar dicho texto para que no se me olvide lo que en él se dice, sobre todo cuando me encuentro inmerso en la vorágine de cada día, en esos momentos en los que corremos el riesgo de desconectarnos de nuestro interior y en los que perdemos de vista algo especialmente importante, saber quienes somos realmente. Sigue leyendo
Cinco somníferos existenciales
Cuentan que, hace ya muchos años, un monje japonés vino a occidente de visita.
Al volver a su monasterio, sus compañeros preguntaron intrigados -¿cómo son los occidentales?- a lo que él respondió, -gente extraña-.
-De noche toman pastillas para dormir porque tienen insomnio, mientras que durante el día viven dormidos- aclaró finalmente.
Y es cierto que por la noche, muchas personas tienen dificultad para dormir y toman medicamentos para tratar este problema.
Muchos creemos que el uso de somníferos de forma tan generalizada en nuestra sociedad, es un signo inequívoco de que hay algo que no va bien.
Pero, como decía sabiamente el monje, ¿será cierto que de día vivimos dormidos?
Tenemos bastante bien identificados los somníferos que tomamos para dormirnos por la noche. Unas veces son psicofármacos, otras veces melatonina, productos naturales, medicamentos homeopáticos, etc.
Pero ¿cuáles son los somníferos que nos mantiene dormidos durante muestra “aparentemente” vida de vigilia?
Posiblemente sean mucho más potentes que los medicamentos que se venden en la farmacia, y sobre todo mucho más sutiles en su modo de acción, ya que lo normal es que ni siquiera nos demos cuenta de que nos encontramos bajo sus efectos.
Podríamos decir que estos somníferos son todas aquellas cosas que nos hacen permanecer en un estado de confusión e ignorancia durante nuestra vida cotidiana, haciéndonos pensar que estamos despiertos, cuando en realidad no es así.
A estos los llamo los “Somníferos existenciales”. No son medicamentos, y, según mi entender, los más importante son los siguientes:
1.- LAS CREENCIAS LIMITANTES: Todas aquellas creencias que nos mantienen atrapados en un modelo limitante del mundo. Bajo su efecto narcótico, tenemos la tendencia a creer en las apariencias más que en las esencias que se ocultan tras el velo de la ignorancia.
Son, por tanto, todas aquellas estructuras psicológicas que, en lugar de potenciar nuestro desarrollo, generan una dosis extra de sufrimiento inútil.
2.- LAS RELACIONES INMADURAS: Aquellas relaciones que establecemos con otros seres y que nos impiden desarrollar todo nuestro potencial. Con mucha frecuencia son relaciones de dependencia.
También nos sumergen en el estado de somnolencia cuando orientamos nuestra vida en función de las necesidades de otros, dando respuesta a los proyectos de otras personas y no a los nuestros.
3.- LOS MIEDOS: Los diferentes tipos de miedos e inseguridades, tanto cuando son conocidos como cuando no lo son.
Tal vez, el peor de todos sea el miedo a la muerte, del cual se derivan toda una gran cantidad de conductas patológicas y de emociones perturbadoras.
4.- LAS INERCIAS: Es aquella especie de fuerza de la costumbre que nos mantienen ligados a la repetición de conductas adormecedoras, simplemente porque sí.
Esta es una energía que tiende a autoperpetuarse, y de las que nos cuesta mucho trabajo liberarnos.
5.- LOS AUTOMATISMOS: Los automatismos nos impiden elegir y nos introducen en un modelo de acción-reacción, de tal manera que vamos respondiendo a los estímulos sin intervención de la consciencia discriminativa. Eso hace que se anule la posibilidad de responder de un modo libre y diferente.
Tres consejos para desarrollar el potencial
Seguro que muchas personas, cuando hayan leído el título habrán pensado: “¿sólo tres consejos? ¡Vaya!, los decálogos están de moda. Sería mucho mejor que nos dieran diez consejos, o tal vez doce… ¡por qué no!”
Pues la verdad es que podían ser muchos más, porque el tema de desarrollar nuestro potencial es tan amplio que, puestos a dar consejos, el número tres nos parecerá escaso.
En mi defensa diré que los tres que voy a dar son tan sumamente importantes que, si los sigues, los demás vendrán por añadidura.
Ahí va el primero.
1.- Descubre tu pasión y síguela.
Pocas cosas hay tan importante como guardar fidelidad a nuestro propio camino. Y somos fieles cuando seguimos aquello que amamos, aquello que nos hace únicos y diferentes, aquello donde podemos brillar y aportar al mundo nuestro granito de arena.
Y hacemos eso cuando descubrimos y seguimos nuestra pasión.
¿Que qué es una pasión? Pues si eres capaz de darte cuenta de cuales son tus cualidades, tus talentos y, además, descubre que cuando conectas con alguno de ellos disfrutas de manera especial, podría decirse que te estás aproximando mucho a tu pasión.
Nuestra pasión, por tanto, se parece a una suma de cualidad + disfrute.
Preguntarse que cómo sabrás que es tu pasión, tiene una respuesta tan obvia como si te preguntases “¿cómo sabré que no tengo hambre? o ¿de que modo sabré que estoy contento?
¡Lo sabes y punto!
2.- Fomenta aquellas cosas que sean inspiradoras.
Busca aquello que te inspira en la vida, aquello que te hace ser mejor y que te conecta con los aspectos más elevados de tu existencia.
Y, sobre todo, no olvides que tenemos el compromiso de tratar de servir de inspiración a otras personas.
Por tanto, cultivar todo aquello que nos inspira al tiempo que tratamos de ser inspirador para otros será una tarea especialmente importante que no deberíamos obviar.
3.- Cultiva la creatividad.
Seguro que ya hay muchas cosas que estás haciendo bien. Pero, ¿podrías hacerlas mejor?, o también ¿podría hacerlas igual de bien siguiendo otro camino?
Explorar nuevas rutas es la tarea del buscador. Transitar por nuestro propio camino suele ser más comprometido, creativo y arriesgado que hacerlo por donde todo el mundo.
Qué puedes equivocarte, ¡pues posiblemente!
Pero, recuerda que el camino de la creatividad está esperando a quien osa traspasar los límites habituales y confortables de lo ya conocido.
Nunca el temeroso llegó a ser creativo.
Y, tal vez, el mayor acto creativo sea redescubrirte a ti mismo en todo tu esplendor, para llegar a lucir tan brillante como puedas.
Ser creativo es atreverse a cantar tu propia canción.
Espero que después de leer estos tres puntos no te siga pareciendo que habría que haber puesto muchos más, porque en este trío se encierran parte de los grandes retos a los que deberíamos dar respuestas en nuestra vida.
Los vínculos afectivos externos
Ningún ser humano en el momento de nacer es capaz de sobrevivir por sí mismo sin ayuda de los demás. Vamos creciendo y madurando gracias a que somos nutridos y cuidados por la familia y por el grupo social, tanto en la dimensión biológica como en la afectiva.
Aristóteles dijo que somos “animales racionales”, aunque según parece hoy día a tenor de las últimas investigaciones, somos seres más profundamente emocionales que otra cosa y, por tanto, necesitamos de la sana relación afectiva con otros seres para desarrollarnos con plenitud. Dicho de otro modo, necesitamos crear saludables vínculos afectivos.
Según la RAE, un vínculo es una “unión o atadura de una persona o cosa con otra”, y si nos referimos a los vínculos emocionales, podríamos decir que son los lazos afectivos que se establecen entre una persona y otro objeto, sea éste persona, animal o cosa.
No ha de extrañarnos esto último, porque es bien sabido que se puede establecer fuertes vínculos emocionales con una mascota o con un objeto cargado simbólicamente de un significado especial, como por ejemplo un reloj de nuestro padre o una carta de una persona querida.
A pesar de lo anterior, los vínculos que más nos interesa destacar, debido a su importancia en el campo de la salud, ya que pueden llegar a ser altamente curativos, son los que se establecen entre unas personas y otras.
Definimos, pues, un Vínculo Afectivo Externo (VAE) como la relación emocional que se establece entre diferentes personas o grupos, más allá de los lazos familiares.
Según sabemos hoy día que un VAE es un elemento fundamental que permite incrementar las actitudes resilientes. Para que dicho VAE nos proporcione ayuda y soporte en los momentos difíciles ha de ser suficientemente significativo. No vale cualquier vínculo.
En general, se dice que un vínculo puede ser potenciador, neutro o limitante. Un VAE es limitante cuando dificulta o impide nuestro desarrollo. Neutro, si es una relación prescindible que no interfiere en nada en ninguno de los sentidos. Pero los VAE realmente interesante son los potenciadores, es decir, aquellos que nos ayudan a crecer y a desarrollarnos, como por ejemplo, los que se establecen entre los miembros de los “grupos nutricios”, o las redes de apoyo comunitario, o la relación entre maestro-discípulo, entre otros.
Un VAE puede ser también individual o grupal, según se establezca con una sola persona o con un grupo, y nos provee de una persona o un grupo a los que acudir en los momentos de dificultad.
Hoy día sabemos que poder contar con personas significativas fuera de la familia favorece la manifestación de comportamientos resilientes cuando en la propia familia se viven circunstancias adversas.
La importancia de estos vínculos radica en el afecto que genera entre los miembros, lo cual es la base de una estabilidad emocional, de una sana autoestima y genera un importante número de beneficios que surgen a partir de sentirse protegidos, comprendidos y aceptados.
Es importante, pues, promover los VAE, es decir, las sanas relaciones afectivas más allá del ámbito familiar, tanto individual como grupalmente, de ahí la importancia de contar con los llamados “grupos nutricios” (ver post al respecto), así como de cualquier soporte individual o grupal que nos haga crecer como seres humanos.
A propósito del despertar
Decía nuestro insigne poeta Antonio Machado, “Tras el dormir y el soñar, lo más importante es despertar”. Hay quien piensa que dicha frase es una obviedad, porque después de un buen sueño, qué cosa mejor que despertarse.
Pero lo más probable es que no se estuviese refiriendo al hecho fisiológico y cotidiano de levantarse de la cama después de haber dormido, sino que, a poco que vayamos más allá de la mera literalidad, lo cierto es que nos deja entrever un significado bien distinto.
¿A qué despertar se podría estar refiriendo Machado?
Una mente ordinaria suele encontrarse presa de sus propios errores y limitaciones. A este estado mental lo llamamos mente dormida, para diferenciarlo de otro estado bien distinto que es el de la mente despierta, un estado mental más lúcido, nítido, claro y brillante. Tal vez el poeta nos esté proponiendo salir del letargo y la inercia de la mente ordinaria para vivir nuestra vida de forma “despierta”.
Puede que nos extrañe esta propuesta de Machado, ya que, por lo general, en nuestro medio cultural, la información acerca del despertar nos ha venido de la mano de las diferentes disciplinas orientales que desde hace unos años se han expandido por occidente.
Tal vez por esta razón, es frecuente que muchas personas piensen que eso del despertar es algo lejano, algo relacionado con el budismo, con el yoga, con el taoísmo o con cualquier otra doctrina similar. Que eso del despertar tiene poco que ver con las personas que viven en occidente en el siglo XXI.
Nada más lejos de la realidad, porque el proceso de despertar es un asunto específicamente humano y, por tanto, universal. No tiene ni tiempo ni frontera.
Todos estamos llamados a despertar, es decir, todos estamos llamados a salir de nuestro letargo y a perfeccionarnos por el camino evolutivo propio de nuestra especie, el del desarrollo de nuestra mente y de nuestra consciencia.
Etimológicamente la palabra Buda, significa “el despierto”, el que ha salido del sueño de los engaños mentales. Se dice que todos podemos llegar a ser un Buda porque en nuestro interior, más o menos velado por los errores de la mente, existen las semillas de la budeidad, o lo que es lo mismo, las semillas del despertar.
Así que, según parece, necesitamos asemejarnos a un buen jardinero que cuida las semillas para que algún día florezcan.
Optar por el camino del despertar no es, en modo alguno, una elección extravagante, ni lejana, ni una actividad narcisista por parte de aquellos que dedican su tiempo a contemplar su propio ombligo, ni tampoco es una elección meramente individualista.
Despertar, es una tarea personal pero no excluyente, ya que es a través de la propia lucidez mental que podremos beneficiar más y mejor al mayor número de seres posibles.
Comprometerse con el despertar constituye la apuesta más solidaria, entendida desde el punto de vista de la evolución global de la especie, que podríamos abordar en la vida.
Dicen las enseñanzas tradicionales que un Buda podrá mostrarte el camino, pero que no puede despertar por ti. Por tanto, nadie podrá excusarnos del trabajo que hemos de realizar por nosotros mismos. En esta tarea no hay suplentes. He aquí el esfuerzo y el compromiso que hemos de asumir para alcanzar el estado deseado de una mente despierta.
Valor y coraje
Aspirar a desarrollar tus potencialidades mediante la práctica y el entrenamiento de la mente no puede decirse que sea un camino fácil ni cómodo, pero sí se puede afirmar con total rotundidad que es una elección que merece la pena. Sobre todo si aspiras a ser feliz.
Dicha elección está abierta a cualquier persona, pero sólo los espíritus más valientes y luchadores son los que generan la determinación necesaria para aceptar los compromisos que todo trabajo de desarrollo humano lleva consigo.
Hay un par de cualidades especialmente importantes para quienes eligen este camino, el valor y el coraje.
Decimos que una persona es valerosa cuando es capaz de enfrentarse a las situaciones arriesgadas o difíciles que la vida nos trae cada día, mientras que utilizamos el término coraje para referirnos a la determinación con la que se enfrenta a un peligro o una dificultad.
Hemos de tener presente que la valentía y el coraje son cualidades que tienen la virtud de transformar a personas corrientes en seres extraordinarios, capaces de las más importantes proezas.
Pero tener valor es distinto a no tener miedo. Porque quien no tiene miedo puede llegar a ser un temerario y eso, a veces, entorpece más que ayuda.
El miedo es una emoción básica que cumple una función muy importante para la conservación de la vida en diferentes especies. Si aprendemos su utilidad, podremos sacarle el partido necesario sin sufrir las limitaciones que con frecuencia aparecen en quienes lo padecen. Hacerse amigo de nuestros miedos es una de las vías para incrementar el valor y el coraje.
Porque un valiente es aquel que hace lo que debe hacer a pesar de que tenga miedo y, a veces, tiemble.
Tener valor y coraje se relaciona con la capacidad que poseemos los seres humanos para correr riesgos, es decir, para salir más allá de nuestra zona de comodidad y confort, y para abrirnos a la posibilidad de experimentar nuevas situaciones vitales.
Esta actitud ha sido el motor que ha hecho posible muchos de los logros de los seres humanos a lo largo del camino evolutivo. Si no hubiésemos traspasados nuestros límites de seguridad, todavía permaneceríamos en las cavernas. Por tanto, ser capaz de correr riesgos es fundamental para nuestro desarrollo como individuo y como especie.
También es importante aprender a confiar en nuestras propias posibilidades, es decir, afirmar “yo soy capaz”, y a partir de ahí generar el coraje necesario para dar respuestas a nuestros retos vitales.
Quien posee el valor y coraje necesario es quien asume la responsabilidad de sus actos y no huye cuando hay que dar la cara. Esto tiene mucho que ver con lo que llamamos tener fuerza de ánimo. Te has preguntado alguna vez de dónde surge tu fuerza de ánimo. Es algo interesante que debieras explorar.
Hay quienes creen que el antídoto del miedo es el valor, pero eso no es cierto.El antídoto del miedo no es el valor, ya que puedes ser valiente y tener miedo. El verdadero antídoto del miedo es el amor, porque allí donde hay amor no hay espacio para el miedo.
¿Cómo harás para incrementar el valor y el amor en tu vida?
Importancia de la disciplina
Hay veces que hemos de realizar alguna tarea pero parece como si nuestra mente nos dijese lo contrario. Nos susurra sutilmente que no nos apetece demasiado hacer lo que sea en ese momento, y entonces buscamos alguna excusa lo suficientemente buena como para demorarlo o no hacerlo.
Las excusas son razonamientos cuya finalidad consiste en aquietar nuestra consciencia, por eso han de ser lo suficientemente plausibles como para que nosotros mismos nos las lleguemos a creer. Esto es bastante frecuente, y para muchas personas incluso les parece normal. Se dicen a sí mismos “¿por qué hacer algo que no me apetece?”
Pero para aquellos que hayan elegido realizar un trabajo personal en el sentido del desarrollo humano, este modelo no resulta válido. No funciona, porque evitar hacer lo que debemos o demorarlo, no suele ser una buena solución. Tampoco nos ayuda a alcanzar los objetivos que nos hemos propuesto.
Entonces, qué hacer cuando el cansancio, la pereza o cualquier otro estado emocional o mental nos invitan a no hacer lo que deberíamos.
Pues para solucionar esto echamos mano de la disciplina.
En ciertos círculos parece como que no tiene demasiada buena fama, tal vez porque lo confundan con autoritarismo o con la disciplina externa de ciertas organizaciones o sectas. Además, en una sociedad donde se preconiza “lo rápido, “lo fácil”, “hágalo sin esfuerzo”, etc. ¿qué valor tendría ser disciplinado?
Hay que aclarar que cuando hablamos de desarrollo personal, la disciplina a la que hacemos referencia es una disciplina interna, y la podríamos definir como aquella capacidad que nos permite mantener la coherencia necesaria para cumplir con nuestras propias reglas, según nuestras propias elecciones y convicciones.
Por tanto, más que a unas normas externas me estoy refiriendo a la autodisciplina como capacidad de nuestra consciencia para gestionar mejor nuestros actos. Tener autodisciplina es como hacerse “discípulo de uno mismo”. Tú eliges qué cumplir y generas el compromiso de hacerlo.
También podríamos decir que disciplina es la capacidad que nos permite llevar a cabo aquellas cosas que son necesarias para obtener nuestras metas, aunque no nos guste demasiado el esfuerzo que hemos de realizar.
Por tanto, la disciplina, hace posible realizar una acción independientemente de nuestro estado emocional (hacer lo que tienes que hacer, tanto si te apetece como si no). Es una herramienta que nos ayuda a superar los estados emocionales de apatía, indiferencia, tristeza, hastío, etc. Nos saca de la inmovilidad, la pasividad o el bloqueo mental. Por tanto, es bastante más importante de lo que muchos piensan.
Algunas personas la confunden con la fuerza de voluntad, y la verdad es que se encuentran íntimamente relacionadas. Pero para diferenciarlas, podría decirse que, si bien la disciplina nos permite cumplir con nuestras normas internas, la voluntad aporta la fuerza que nos posibilita hacerlo. Dicho con un ejemplo, la voluntad es comparable al motor de un coche, mientras que la disciplina es como el volante. Una da la energía para el movimiento, la otra la dirección.
Desde el punto de vista sofrodynámico, cuando aplicamos la disciplina, debemos considerarlo como un esfuerzo positivo orientado hacia nuestras metas, en lugar de una negación o una renuncia a algo.
También entendemos que está muy relacionada con la firmeza, es decir con la capacidad para mantenerse estables realizando un acto para conseguir un propósito.
Cuando la recompensa es inmediata no suele hacer falta ser muy disciplinados, pero cuando la recompensa es diferida necesitaremos echar mano a nuestra autodisciplina para conseguir lo que nos proponemos.
Como otras tantas capacidades de nuestra consciencia, la disciplina, puede incrementarse mediante el entrenamiento. En cierta medida se parece a un músculo que si no se ejercita se atrofia y si se entrena se fortalece.
Desarrollar la disciplina posee múltiples ventajas, ya que es una de las herramientas claves para alcanzar el éxito. También nos enseña a atender a nuestros compromisos y a focalizar el esfuerzo.
Pero la disciplina ha de encontrarse alejada de la excesiva exigencia o del autocastigo. Es un error exigirse demasiado cuando no se está preparado para ello. Eso sólo genera infelicidad y frustración. Por eso, además de ser disciplinados, hemos de echar mano a nuestro corazón benevolente para tratarnos a nosotros mismos con la amabilidad y el respeto que merecemos.
Por tanto, recuerda siempre que ser disciplinados no está reñido con la ternura ni con la amabilidad hacia tu propia persona.
Sobre la perseverancia
Todos anhelamos encontrarnos bien y ser felices. Para ello emprendemos el camino del desarrollo humano, pero hemos de tener presente que este viaje será largo, ya que dicha tarea puede durar toda la vida.
Durante todo ese tiempo, es posible que aparezcan momentos de bajón, momentos en los que nos sentimos cansados, desfallecidos, a punto de abandonar o que perdemos la visión de nuestras metas.
En otras ocasiones aparecerá la impaciencia, la cual se caracteriza por hacer estragos en nuestra motivación, fomentando la creencia de que debemos obtener rápidamente aquello que deseamos, y si no es así nos sentimos frustrados o incluso desesperados.
En estos momentos difíciles y de dudas, es donde necesitamos que surja una capacidad de nuestra consciencia para mantenernos en el camino correcto, a pesar de las dificultades que podamos encontrar. La llamamos perseverancia.
Se dice que ella, la perseverancia, es la madre de todos los frutos, porque cualquier talento que poseamos, si carecemos de dicha virtud, difícilmente llegará a desarrollarse.
Pero recordemos su significado, perseverar es “la constancia, firmeza o tesón, en la realización de algo”. Significa, pues, la capacidad para perseguir nuestros objetivos con empeño y sin desfallecer.
Se encuentra relacionada con el espíritu de lucha y con la capacidad de superación. Muchas biografías exitosas han sido fruto de la combinación del talento con la perseverancia. Recordemos que Thomas Edison necesito probar miles de sustancias antes de encontrar la más adecuada para el filamento de la bombilla. Fue él quien afirmó que «el genio es un 99% transpiración y un 1% inspiración”. Por otro lado, el que llegó a ser uno de los presidentes más famosos de Estados Unidos, Abraham Lincoln, perdió seis elecciones y fracasó en dos negocios antes de llegar a ocupar la presidencia de la nación.
Pero ser perseverantes, sin más, puede ser peligroso porque podemos encontrarnos con una dificultad que debemos solventar, la de saber diferenciar cuándo perseverar y cuándo no. Para ello necesitaremos discriminar nítidamente entre la sana perseverancia y la limitante obstinación que nos crea tantos problemas.
Desde el punto de vista sofrodynámico, para ser buenos “perseveradores”, además de la consciencia discriminativa que nos alerta sobre la insana obstinación, hemos de tener en cuenta que necesitamos estar bien enraizados, es decir, “nutrir” aquello que nos mantiene en la acción.
También es importante estar bien alineados, lo que significa dar sentido a lo que hacemos, porque somos mejores perseverantes cuando elegimos nuestra meta voluntariamente, la consideramos importante, disfrutamos en el camino y encontramos el modo de hacer atractiva e interesante nuestra tarea.
Para esto último, resulta especialmente importante el centramiento, es decir, que nuestra acción se encuentre conectada con nuestro Centro Vital, con aquello que consideramos esencial en nuestra vida.
Para finalizar, recuerda que hay “buenos iniciadores” y “buenos mantenedores”. Lo realmente interesante es disponer de estas dos habilidades a la vez, pero no siempre es posible. Los primeros son personas capaces de poner en marcha cualquier proyecto, pero al poco tiempo, cuando su entusiasmo decae, dejan de interesarse por él y cambian a otra cosa. Los segundos, son quienes suelen conseguir sus logros, ya que son aquellos que perseveran y son capaces de mantenerse en la acción a lo largo del tiempo y superando los obstáculos.
Por tanto, saber comenzar algo es importante, pero saber como mantenerlo a lo largo del tiempo es lo que nos conducirá al éxito deseado.
